En el segundo piso del edificio G de la UVM San Rafael existe un salón que todxs conocen, aunque pocxs se atreven a nombrar en voz alta. No aparece señalado de ninguna forma especial en los horarios ni en los planos del campus, pero basta con mencionar “el salón maldito” para que estudiantes y exalumnxs sepan exactamente de cuál se habla.

Ahí sí hay clases. Profesorxs entran, alumnxs se sientan y las lecciones transcurren con aparente normalidad. Sin embargo, casi todxs coinciden en lo mismo: la vibra del lugar es distinta. Desde que cruzan la puerta, algo cambia en el ambiente, como si el aire se volviera más pesado y el cuerpo reaccionara sin explicación.

El fenómeno se presenta con mayor frecuencia durante la primera clase del día y, sobre todo, en la última. Alumnxs relatan una sensación opresiva en el pecho, dificultad para concentrarse y una incomodidad constante que no se va aunque pasen los minutos. Algunxs aseguran que no es miedo, sino una presión inexplicable que les obliga a mirar alrededor.

Los incidentes eléctricos son parte de la rutina del salón. Las luces se apagan sin razón aparente, el interruptor se escucha moverse solo y, en otras ocasiones, el foco comienza a parpadear como si alguien jugara con él desde el otro lado. Cuando se proyecta alguna presentación, el proyector tampoco coopera: pierde el enfoque, cambia el tamaño de la imagen o se mueve sin que nadie lo toque.

Pero lo que realmente convirtió a este espacio en una leyenda urbana dentro de la UVM San Rafael no puede explicarse con fallas técnicas. Varixs alumnxs aseguran haber visto objetos moverse con violencia. No se trata de pequeños desplazamientos. Lápices que salen disparados hasta el otro extremo del salón, botellas de agua que ruedan solas por el piso y mochilas que cambian de lugar sin que nadie se acerque.

El relato más perturbador se remonta alrededor de 2013. Durante una clase nocturna, una alumna sintió cómo alguien le jaló el cabello con fuerza. Pensó que era una broma, pero al voltear no había nadie detrás. El salón quedó en silencio absoluto y, según quienes estuvieron presentes, nadie quiso volver a entrar ahí después de ese día.

Nadie sabe con certeza por qué el salón está embrujado. Como ocurre con toda buena leyenda urbana, las teorías abundan. Algunxs aseguran que durante la construcción del edificio se sacrificó a un empleado, cuyo espíritu quedó atrapado en el lugar. Otrxs relacionan el fenómeno con un cuerpo que, según versiones antiguas, fue encontrado en una jardinera del campus hace décadas.

También existe una historia más oscura: la de un alumno que se quitó la vida jugando ruleta rusa en la biblioteca, y cuya presencia nunca abandonó la universidad. Hay quienes creen que el origen es más reciente, atribuyéndolo a estudiantes que jugaron a la Ouija o realizaron algún ritual que liberó algo que no supieron controlar.

Verdad o sugestión colectiva, el Salón Maldito de la UVM San Rafael sigue provocando escalofríos. Porque aunque las clases continúan y los semestres avanzan, hay un espacio en el edificio G donde muchos prefieren no sentarse solos… y donde nadie quiere quedarse cuando cae la noche.

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