En el corazón de Azcapotzalco, entre edificios de concreto, estacionamientos y andadores donde hoy juegan niñxs y pasan vendedorxs de tamales al amanecer, existe una historia que algunxs vecinxs prefieren contar en voz baja. Es la leyenda de la Alberca Encantada de Xancopinca, un manantial antiguo que desapareció bajo la Unidad Habitacional Cuitláhuac, pero que, según dicen, nunca dejó de existir del todo.

Antes de que se levantaran los 117 edificios de la unidad en 1966, este lugar era distinto. Muy distinto. Donde hoy hay cajones de estacionamiento y jardines improvisados, existía un manantial de agua dulce que lxs habitantes de la zona conocían como la Alberca de Xancopinca. Sus aguas nacían desde tiempos prehispánicos y durante siglos fueron un punto de reunión para la comunidad.

Los jóvenes iban a nadar, los niños jugaban en la orilla y las mujeres se reunían para conversar mientras el agua corría tranquila, como si la tierra respirara desde sus entrañas.

Pero incluso entonces ya se hablaba de algo extraño.

Decían que la alberca estaba protegida por un espíritu.

Algunxs aseguraban que era el fantasma de Malinalli, un espectro femenino que aparecía entre la neblina del agua al caer la tarde. Otrxs decían que era el espíritu de una princesa tepaneca sacrificada, condenada a vigilar el manantial eternamente. Y también estaban lxs que afirmaban que se trataba de La Malintzin, la misma figura histórica convertida en leyenda, custodiando un secreto mucho más oscuro.

Según la tradición, en el fondo de la alberca descansaba parte del tesoro de Moctezuma, oculto antes de la llegada de los conquistadores. Un botín que muchos buscaron y que nadie logró encontrar.

Pero el peligro no estaba en el tesoro. Estaba en quien lo custodiaba.

Los relatos más antiguos cuentan que algunos hombres que caminaban cerca del manantial al anochecer veían a una mujer de rostro sereno, cabello oscuro y mirada profunda. No lloraba como la Llorona. No gritaba. Simplemente observaba.

Y cuando un hombre se acercaba demasiado, algo extraño ocurría.

Primero sentía una atracción imposible de explicar, como si el aire alrededor del agua se volviera más denso. Luego el sonido del manantial cambiaba, transformándose en un murmullo hipnótico.

Entonces la mujer sonreía.

Quienes alcanzaban a reaccionar contaban que el agua comenzaba a girar lentamente, formando un remolino oscuro en el centro de la alberca. Y cuando el hombre intentaba retroceder, ya era demasiado tarde.

El agua lo jalaba. No con violencia. Con paciencia.

Como si la alberca respirara y lo reclamara de regreso.

Muchos cuerpos nunca aparecieron.

Con el paso de los siglos, el manantial fue cubierto. La ciudad creció, las fábricas llegaron y finalmente se construyó la Unidad Habitacional Cuitláhuac, una de las más antiguas de la Ciudad de México. El lugar donde alguna vez estuvo la alberca quedó oculto bajo concreto y estacionamientos.

Pero las historias no desaparecieron.

Algunxs vecinos aseguran que en el estacionamiento oriente, cuando cae la noche y el ruido del tráfico se apaga, se puede escuchar un sonido extraño bajo el pavimento.

No es drenaje.

No es tubería.

Suena como agua.

Otrxs dicen que, en ciertas madrugadas, una figura femenina camina entre los edificios y desaparece cerca del lugar donde antiguamente estaba el manantial.

Y los vigilantes nocturnos cuentan algo todavía más inquietante.

Hay noches en que el suelo húmedo del estacionamiento parece dibujar un círculo oscuro… como si algo debajo estuviera girando lentamente.

Como un remolino.

Quizá sea sólo imaginación.
Quizá una historia más del viejo Azcapotzalco, ese territorio cuyo nombre significa “en el hormiguero”, donde durante siglos convivieron imperios, conquistas, epidemias, batallas y leyendas.

Pero lxs vecinxs más antiguos dicen otra cosa.

Dicen que el manantial nunca se secó.

Que sigue ahí, enterrado bajo la unidad.

Y que la mujer que lo cuida tampoco se fue.

Sólo espera.

Porque hay espíritus que no pueden abandonar el lugar donde fueron condenados a vigilar… y hay aguas que, aunque las cubran con concreto, siempre encuentran la forma de volver a llamar a los vivos.

  • Este relato fue compartido por David Briones.