En la esquina de República de Guatemala y República de Argentina, justo a un costado del Museo del Templo Mayor, existe un terreno que parece haber acumulado siglos enteros de desgracias. Los cronistas antiguos lo llamaron “la esquina maldita”, y no era una exageración nacida del folclore nocturno. A lo largo de casi quinientos años, quienes habitaron ese sitio terminaron perseguidos por muertes violentas, ruinas económicas, suicidios, locura y apariciones.

La historia comenzó poco después de la Conquista.

En 1524, el conquistador Gil González de Ávila tomó posesión del predio mediante fraudes y maniobras que dejaron en la ruina a su propio hermano, Alonso de Ávila, quien había ganado esas propiedades durante las campañas militares en la Nueva España. Según las crónicas virreinales, Alonso murió consumido por la rabia y lanzó una maldición contra su hermano y la casa que le había arrebatado.

La desgracia llegó casi de inmediato.

El hijo menor de Gil González murió ahogado en una letrina. Poco tiempo después, el propio conquistador falleció en circunstancias extrañas. La familia quedó marcada por una cadena de tragedias que parecía no tener final. Su hija María se enamoró de un caballerango llamado Arrutia, pero sus hermanos, avergonzados del romance, le hicieron creer que el joven había muerto. Devastada, María ingresó al convento de La Concepción.

Ahí descubrió la mentira.

La leyenda dice que, desesperada, se ahorcó de un naranjo después de maldecir a sus hermanos. Durante años, las monjas afirmaron ver su espectro colgando entre los corredores del convento, balanceándose lentamente y pidiendo ayuda. Un expediente inquisitorial incluso menciona a Sor Francisca de la Anunciación, religiosa que perdió completamente la razón tras asegurar que la aparición de María la perseguía noche tras noche.

Pero la maldición apenas comenzaba.

En 1566, los hijos sobrevivientes de la familia Ávila participaron en reuniones junto a Martín Cortés, hijo de Hernán Cortés. Las autoridades virreinales sospecharon que planeaban conspirar contra la Corona española. Tras un juicio escandaloso, los hermanos fueron condenados a muerte y decapitados públicamente.

La casa fue demolida.

Y como castigo simbólico, las autoridades arrojaron sal sobre el terreno “para que nunca más creciera nada”.

El sitio quedó marcado.

Años después, la Real y Pontificia Universidad de México intentó construir ahí su sede, pero las obras fracasaban constantemente. Los trabajadores amanecían encontrando tablones caídos, muros desplomados y accidentes imposibles de explicar. Finalmente, el proyecto fue abandonado y la universidad se trasladó a otro edificio.

Ni siquiera eso calmó la reputación del lugar.

En el siglo XVII, el terreno fue ocupado por Melchor Pérez de Soto, célebre arquitecto de la Catedral Metropolitana y dueño de una de las bibliotecas más impresionantes de la Nueva España. Su colección incluía libros prohibidos de Kepler, Copérnico y Nostradamus, suficientes para despertar la furia de la Inquisición.

Pérez de Soto fue arrestado.

Los inquisidores confiscaron y quemaron gran parte de su biblioteca. Mientras esperaba sentencia en prisión, fue asesinado por un compañero de celda llamado Cedillo, quien apareció ahorcado apenas tres días después, colgando de una viga como si la misma sombra del lugar hubiera terminado cobrando otra deuda.

Los siglos siguientes continuaron alimentando la leyenda.

Cantinas que quebraban, comerciantes arruinados, habitantes que enloquecían y accidentes extraños reforzaron la fama oscura de la esquina. En el siglo XX, los hermanos Porrúa instalaron ahí parte de su extraordinaria colección de libros raros y manuscritos antiguos. Sin embargo, cuando en 1978 apareció el monolito de Coyolxauhqui y comenzaron las excavaciones del Templo Mayor, el edificio fue el primero en demolerse.

Como si la maldición no quisiera soltar a los libros, la colección fue trasladada a una casa en Zona Rosa.

Esa casa desapareció durante el terremoto de 1985.

Hoy, el terreno permanece extrañamente vacío frente a una de las zonas arqueológicas más importantes de México. Algunxs dicen que las excavaciones avanzan lentamente ahí por razones técnicas y presupuestales. Otrxs creen que la esquina simplemente no quiere ser habitada otra vez.

Y quizá por eso todavía sobrevive la vieja advertencia virreinal colocada hace siglos sobre el predio: una placa que convirtió el lugar en una condena pública, suspendida entre la historia y el espanto, como si el Centro Histórico hubiera guardado ahí una grieta donde las tragedias nunca terminan de morir.

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