Sobre Fray Pedro de Gante, a unos pasos del Hospital de Cardiología, hay un restaurante de mariscos que muchxs vecinxs reconocen por su nombre y por sus más de 20 años en funcionamiento. Lo que pocxs saben es que, cuando cae la noche y el lugar se vacía, el restaurante parece recordar lo que existía ahí antes de convertirse en cocina, barra y mesas.
La construcción del inmueble supera los 40 años, y mucho antes de que se levantaran muros, ese terreno era un espacio abierto donde niñas y niños de los alrededores solían jugar desde la tarde hasta que oscurecía.
Al menos, eso dicen quienes han visto a la niña.
La aparición junto a los baños y la barra
Trabajadorxs y algunxs comensales coinciden en un punto específico del restaurante:
la zona cercana a los baños de hombres y la barra de bebidas.
Ahí, en las noches más tranquilas, aparece una niña inmóvil, de pie, como si hubiera entrado sin hacer ruido. No corre. No habla. No pide nada.
Solo sostiene una pelota amarilla con azul, apretada contra el pecho.
Quienes la han visto dicen que su presencia es silenciosa, casi tímida, como si no quisiera ser descubierta. A veces basta parpadear para dudar de haberla visto. Pero entonces ocurre algo más.
El sonido que confirma lo imposible
Sin previo aviso, la niña suelta la pelota.
Se escucha claramente cómo rebota contra el piso, una, dos veces.
Y en ese instante, ni la niña ni la pelota están ahí.
No hay rastro. No hay eco. Solo el desconcierto y una sensación fría que recorre el lugar.
Un juego que no termina
Aunque la niña no siempre se deja ver, su presencia se manifiesta de otras formas, especialmente para cocinerxs y meserxs.
Desde la apertura hasta la madrugada, sin importar la hora:
- Utensilios cambian de lugar
- Sartenes caen sin explicación
- Vasos se deslizan hasta romperse
- Salsas se derraman como empujadas por manos invisibles
No es un ataque.
Es un juego.
Un juego inquietante, persistente, que no distingue turnos ni horarios.
La historia que nadie quiso contar
Nadie sabe con certeza quién fue la niña de la pelota. Pero la versión más repetida entre trabajadorxs antiguxs habla de una tragedia ocurrida durante la construcción del edificio.
Dicen que la niña era una de las muchas que solían jugar ahí cuando el terreno aún estaba vacío. Una noche de diciembre, llegó como siempre, alrededor de las seis o siete de la tarde. El sol ya se había ido y la visibilidad era escasa.
No vio el hoyo abierto para la cimentación.
Cayó de cabeza.
Se quebró el cuello.
Murió al instante, abrazada a su pelota.
El cuerpo bajo el restaurante
La leyenda asegura que los albañiles, presas del miedo y la urgencia, ocultaron el cuerpo para no retrasar la obra. La construcción siguió. El restaurante abrió años después.
Y la niña nunca se fue.
Hoy, se cree que permanece enterrada en la cimentación, jugando eternamente en el único lugar que conoció como suyo. Un sitio que ahora huele a mariscos, a salsa y a metal caliente, pero que por las noches todavía escucha rebotar una pelota.
Un fantasma cotidiano en Tlalpan
La Niña de la Pelota no aparece para asustar a gritos.
Aparece para recordar que hay lugares que no olvidan.
En un restaurante donde la vida sigue, las mesas se llenan y la cocina no duerme, hay una presencia que insiste en jugar, como si el tiempo nunca hubiera pasado.
Y quizá por eso, cuando algo cae al suelo sin razón aparente, nadie se sorprende del todo.
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Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.