Hay esquinas de la Ciudad de México donde el asfalto parece guardar eco. Una de ellas se encuentra en el cruce de Avenida Juárez y Balderas, a unos pasos de la Alameda Central. Allí, cuando cae la noche y el tránsito baja la voz, comienza a escucharse otra cosa: una carrera invisible.
La escritora Yolanda Sierra contaba que en la década de 1960 circulaba una leyenda inquietante sobre una persecución fantasmal que atravesaba Avenida Bucareli, Avenida Balderas y Avenida Juárez. Los paseantes nocturnos hablaban de gritos desgarrados, silbatos agudos, ladridos y el sonido de botas golpeando el pavimento, como si una multitud huyera o cazara algo que nunca se deja ver. No había figuras, no había sombras claras. Solo ruido y una sensación de urgencia que recorría la espalda.
Algunxs vinculaban estos ecos con el motín de 1828 en la Cárcel de la Acordada, un episodio violento que marcó la zona. La memoria colectiva, siempre afilada, habría convertido aquel estallido histórico en un bucle sonoro que se repite en la penumbra. Otrxs preferían otra hipótesis: las cacerías por diversión que organizaban miembros de las clases altas, quienes partían desde Bucareli para perseguir animales como espectáculo social. En esa versión, la ciudad no solo recuerda la violencia política, sino también el entretenimiento cruel disfrazado de elegancia.
La leyenda de la persecución en la Alameda funciona como una grieta en el tiempo. Nos recuerda que el Centro no es solo un escenario de paseos dominicales y fotografías turísticas. Es también un territorio donde la historia dejó marcas invisibles. Bajo los árboles de la Alameda y entre los edificios que miran hacia Reforma, el pasado corre todavía, jadeante.
Quizá por eso la historia sigue viva. No se trata únicamente de fantasmas. Se trata de cómo una ciudad transforma episodios de tensión en relatos que sobreviven generaciones. En el mapa de leyendas capitalinas, esta persecución no tiene rostro fijo, pero sí ruta. Y quien camine atentx por Juárez o Balderas, de noche, podría sentir que algo pasa a su lado a toda prisa, aunque no haya nadie.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.