En Santa Anita, uno de los 141 pueblos originarios de la Ciudad de México, el agua no se fue del todo. Solo aprendió a esconderse bajo el asfalto.

Hubo un tiempo en que este barrio de Iztacalco era una isla viva, abrazada por chinampas y atravesada por el Canal de la Viga. Desde el embarcadero de Santa Anita y el de La Viga partían canoas cargadas de flores, verduras y tamales rumbo al corazón de la ciudad. Agricultores deslizaban sus cosechas sobre el agua rumbo a la Merced y más allá. El canal no era paisaje: era arteria.

Hoy, donde antes corrían embarcaciones, circulan autos. En 1957 el canal fue pavimentado y rebautizado como Calzada de la Viga. Las chinampas desaparecieron, las orillas se urbanizaron y el pueblo quedó reducido a calles que conservan apenas el rumor de lo que fueron. Sin embargo, cuando cae la noche y el tráfico cede, algo parece reactivarse.

Vecinas y vecinos cuentan que, en ciertas madrugadas, se escucha el sonido inconfundible del agua removida por un remo. No es viento. No es tubería. Es un chapoteo rítmico, breve, como si una chalupa o trajinera avanzara por un canal invisible. Primero el murmullo acuoso. Luego el roce de madera contra corriente. Y si alguien se asoma con atención entre los autos estacionados, puede distinguir, envuelta en una bruma ligera, la silueta de una pequeña trajinera que atraviesa la calle como si aún existiera el lago.

La aparición dura apenas unos segundos. Surge después del sonido y se desvanece casi al instante, como si recordara que ya no tiene por dónde navegar.

Algunxs creen que es la memoria del antiguo Zacatlamanco Huéhuetl, el “lugar donde se cultiva el zacate”, que se resiste a desaparecer. Otrxs dicen que es el eco de los comerciantes que durante siglos cruzaron estos canales para vender su cosecha en el Zócalo. No falta quien lo vincule con las celebraciones del Viernes de Dolores, aquellas que Diego Rivera inmortalizó cuando el paseo por el canal era el espectáculo favorito de la ciudad.

Santa Anita sigue celebrando su Hueyizkalilhuitl cada 21 de marzo, invocando el agua con vestimentas blancas y azules, tocando caracoles y huéhuetls como si llamaran a algo antiguo. Tal vez lo que responde, en noches silenciosas, no es un fantasma sino la terquedad del territorio.

Porque hay lugares que, aunque se sequen, siguen navegando por dentro.