Hay edificios que guardan silencio. Y hay otros que respiran. El Colegio de San Ignacio de Loyola Vizcaínas, en pleno Centro Histórico de la Ciudad de México, pertenece a la segunda categoría. Su fachada barroca ocupa una manzana entera desde el siglo XVIII y, aunque fue fundado en 1767 por vascos visionarios como Francisco de Echeveste, Manuel de Aldaco y Ambrosio de Meave, lo que realmente lo mantiene en boca de muchxs no está escrito en actas notariales.

Mariana Estela Pérez nos habla un poco de los fantasmas del Colegio de las Vizcaínas.

La historia le parecía exagerada hasta que escuchó a su madre contar lo que vivió ahí cuando era niña. Decía que en los pasillos se movían cosas sin explicación. Sombras que cruzaban de un salón a otro. Puertas que parecían cerrarse con intención. Yo pensaba que eran relatos heredados por la antigüedad del edificio, que con sus escaleras monumentales y corredores largos invita a imaginar más de la cuenta.

Hasta que apareció un video.

El planeador de bodas PerakiSoto utilizó el colegio como recepción para un evento. Las Vizcaínas no suelen abrirse al turismo, pero sí se rentan para celebraciones. Aquella noche, mientras todo parecía perfecto bajo las luces del patio central, comenzaron a notarse sombras desplazándose por los corredores. Figuras rápidas, oscuras, imposibles de fijar con claridad. Cuando fueron a buscar al responsable, pensaron que quizá era alguien de intendencia. Pero ya era tarde. No había personal de limpieza trabajando a esa hora. No había nadie.

Y entonces la otra historia salió a flote.

La del niño del taller de karate.

Cuentan que estudió ahí hace años. Era aplicado, sociable, deportista. Soñaba con obtener su cinta negra. Cuando el taller cerró sin explicación, algo se quebró en él. Se volvió retraído, agresivo, distante. Una noche entró al salón donde entrenaba, encendió la luz y se ahorcó con su propia cinta. Desde entonces, dicen, a la medianoche la luz del salón se prende y se apaga sola. Se escuchan pasos corriendo en círculos. Y un grito que no encuentra descanso: “¿Por qué lo hice?”

El Colegio de las Vizcaínas ha sobrevivido guerras, Independencia, reformas, revoluciones. Fue el primer colegio laico para mujeres en América y aún hoy funciona ininterrumpidamente desde la época colonial. Entre sus muros estudiaron figuras como Josefa Ortiz de Domínguez y Sara García. También ha sido escenario de bodas, conciertos y recepciones de alto perfil. Pero cuando se apagan las luces del evento y el eco reemplaza a la música, el edificio vuelve a su otra vocación: la de custodio de memorias.

Tal vez las sombras que vio la madre de Mariana y las que captó PerakiSoto no son más que juegos de luz en un inmueble barroco lleno de recovecos. O tal vez son fragmentos de historias que nunca terminaron de irse. Pasos que siguen recorriendo el patio central. Una figura pequeña que aún corre en el salón de karate buscando la cinta que no alcanzó.

En Vizcaínas, el pasado no está enterrado. Camina.