En el número 80 de la calle Lago Chiem, en la colonia Pensil de la Ciudad de México, hay una barda antigua que parece a punto de rendirse. La madera de su puerta está vencida, los muros muestran grietas profundas y el grafiti cubre lo que alguna vez fue una fachada orgullosa. Detrás de esa apariencia de ruina se encuentra el Pensil Mexicano, el jardín que dio nombre a la colonia y que hoy permanece cerrado, casi borrado de la memoria urbana. Sin embargo, para muchxs vecinxs, el lugar está lejos de estar vacío.

El Pensil Mexicano fue, en el siglo XVIII, un jardín barroco de recreo construido en el antiguo pueblo de Tacuba. “Pensil” significaba jardín delicioso en castellano antiguo, y eso era, una quinta con huertas, fuentes, glorietas y una capilla de estilo churrigueresco que hablaba de abundancia y refinamiento. En su fachada se leía “Pensil Americano” antes de que la historia modificara la inscripción a “Pensil Mexicano” (por la intervención estadounidense). Fue declarado monumento histórico en 1932, pero con el paso de las décadas el predio se fragmentó y las bodegas lo cercaron hasta dejarlo atrapado en el abandono.

Es precisamente en ese contraste —entre lo que fue y lo que es— donde nace la leyenda de los Niños del Pensil Mexicano.

Quienes han caminado por la calle Lago Chiem después de la medianoche lo cuentan en voz baja. No es que teman a fantasmas; temen más a la inseguridad de la zona. Pero al pasar frente a la puerta cerrada, aseguran escuchar algo que no encaja con la hora ni con el silencio: risas infantiles, pasos pequeños corriendo sobre lo que alguna vez fueron senderos de jardín.

Algunxs siguen su camino sin mirar. Otrxs, movidxs por la curiosidad, se han asomado por las rendijas que deja la madera hinchada o por el hueco del cerrojo oxidado. A veces no hay nada, solo oscuridad. Pero otras veces —dicen— se alcanzan a distinguir sombras breves, figuras diminutas que cruzan de un lado a otro como si jugaran a las escondidas. No son apariciones nítidas, sino siluetas que parecen repetirse, como escenas grabadas en un espacio que se resiste a olvidar.

La falta de información histórica detallada sobre el Pensil Mexicano ha abierto la puerta a múltiples teorías. Hay quienes sitúan el origen de estos ecos en los siglos XVIII o XIX, cuando un accidente —tal vez un caballo desbocado en plena huerta— habría cobrado la vida de varios niños. Otrxs creen que no se trata de un hecho aislado, sino de la suma de pérdidas ocurridas a lo largo del tiempo en la colonia: niños y niñas víctimas de enfermedades antiguas o de episodios violentos más recientes.

En el imaginario vecinal, el jardín concentra una carga energética intensa. Diseñado para el descanso y el disfrute de sus antiguos propietarios, el lugar habría quedado impregnado de memorias que no encontraron cierre. Se dice que las almas pequeñas, frágiles o confundidas, son atraídas por esa energía y quedan suspendidas ahí, incapaces de trascender.

Hoy, mientras el monumento histórico sigue deteriorándose entre bodegas y promesas de rescate que no terminan de concretarse, la leyenda de los Niños del Pensil Mexicano continúa creciendo. El contraste es inquietante: un vestigio del barroco novohispano, con siglos de historia, convertido en escenario de risas que nadie puede explicar.

Quizá todo tenga una explicación lógica: sonidos que se filtran desde la calle, sugestión colectiva, historias que se repiten hasta parecer reales. Pero para quienes han escuchado claramente el rebote de una pelota detrás de la puerta cerrada, la duda permanece. Y mientras el Pensil Mexicano siga en silencio durante el día y murmure por la noche, los niños del jardín seguirán corriendo, invisibles, entre las sombras del pasado.