Hablar del Metro Tacuba en la Ciudad de México es hablar de historia viva y movimiento constante. Cada día, más de 34 mil personas cruzan sus pasillos y andenes, convirtiéndolo en uno de los nodos más importantes de conexión entre la Línea 2 y la Línea 7. Tacuba no es solo una estación, es un cruce de tiempos. Su nombre proviene del náhuatl Tlacopan, “tierra florida”, antiguo señorío de la Triple Alianza junto a Tenochtitlán. Bajo el concreto y los anuncios luminosos, late un pasado prehispánico que todavía respira.
De día, el entorno es bullicioso. El mercado cercano, los puestos ambulantes, la salida hacia la Parroquia de San Gabriel Arcángel y la figura del Niño Jesús vestido con la camiseta de la Selección Mexicana forman parte del paisaje cotidiano. Pero cuando el ritmo baja y la estación se vacía, Tacuba cambia de tono.
El pasillo de transbordo entre la Línea 7 y la Línea 2 es el escenario de una de las leyendas urbanas más inquietantes del Metro de la CDMX: las Risas Perdidas del Metro Tacuba.
Los testimonios coinciden en algo. Ocurre casi siempre de noche, minutos antes de que pase el último tren, cuando el eco de los pasos rebota contra los azulejos y el silencio pesa más que la mochila en la espalda. También sucede al amanecer, alrededor de las cinco de la mañana, cuando apenas comienzan a circular los primeros usuarios y el aire aún tiene ese olor metálico y frío de estación recién despierta.
Es entonces cuando se escuchan.
Risas infantiles. Dos o tres voces pequeñas, juguetonas, como si un par de niños corrieran por el pasillo jugando a esconderse. No son carcajadas estridentes, sino risas breves, traviesas, que aparecen y desaparecen. El detalle inquietante es que, al voltear, no hay nadie.
Nadie ha visto a los supuestos niños. No hay sombras que crucen frente a las lámparas, no hay figuras al final del túnel. Solo el sonido. Algunxs usuarixs aseguran que, mientras las risas flotan alrededor, sienten un ligero tirón en el cabello o el roce fugaz en la pierna, como si alguien pequeño pasara corriendo junto a ellos. Un juego invisible en medio del concreto.
En una estación con tanta carga histórica, no faltan las interpretaciones. Hay quien dice que Tacuba, por su pasado prehispánico y su transformación constante desde que fue terminal en 1970 hasta consolidarse como punto clave del sistema en los años ochenta, guarda capas de memoria superpuestas. Otrxs prefieren explicaciones prácticas: acústica caprichosa, ecos que deforman sonidos lejanos, imaginación activada por el cansancio.
Sin embargo, quienes han escuchado esas risas no las olvidan. Describen una sensación clara: la piel erizada, el corazón acelerado, la certeza incómoda de no estar completamente solos.
El Metro Tacuba seguirá siendo un punto estratégico de conexión en la alcaldía Miguel Hidalgo, una estación que enlaza líneas, barrios e historias. Pero para algunxs, cada transbordo nocturno implica algo más que cambiar de tren. Implica atravesar un pasillo donde, dicen, aún juegan voces que nadie puede ver.
La próxima vez que cruces ese corredor entre la Línea 2 y la Línea 7, presta atención. Si escuchas una risa que no encaja con la hora ni con la multitud, tal vez acabes de encontrarte con uno de los misterios más persistentes del Metro de la Ciudad de México.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.