En pleno Centro Histórico de la Ciudad de México, una joya poco conocida resguarda siglos de historia, arte y transformación: la Iglesia de San Lorenzo Diácono y Mártir. Su pasado está marcado por inundaciones, terremotos, reformas educativas, incendios y una de las intervenciones artísticas más singulares del siglo XX. Hoy, además de su valor patrimonial, es un símbolo de apoyo para quienes buscan empleo y una muestra viva del diálogo entre lo antiguo y lo moderno.
Un convento virreinal con siglos de historia
El origen del templo se remonta a 1598, cuando el rey Felipe II autorizó la fundación del convento de San Lorenzo, bajo la Orden de San Jerónimo. Los primeros años no fueron fáciles: las constantes inundaciones obligaron a derribar el templo original. La reconstrucción comenzó en 1643 bajo la dirección del arquitecto Juan Gómez de Trasmonte y finalizó en 1650. Sin embargo, las crecidas de la acequia de Santo Domingo volvieron a afectar la estructura, por lo que entre 1779 y 1785 se realizaron nuevas remodelaciones, esta vez dirigidas por el arquitecto José Joaquín García de Torres.
Fue él quien le dio su actual fachada, una mezcla sorprendente de elementos barrocos y neoclásicos, lo que convierte a San Lorenzo en un raro ejemplo de transición arquitectónica. El campanario original se perdió en un terremoto en 1845, cerrando así el capítulo virreinal del templo.
De convento a cuna de ingenieros
La historia dio un giro radical en 1865 con las Leyes de Reforma, que obligaron a las monjas Jerónimas a abandonar el convento. Poco después, en 1867, el presidente Benito Juárez decretó la creación de la Escuela Nacional de Artes y Oficios para Hombres, que se instaló en el antiguo claustro. Con el paso de los años, esta escuela evolucionó hasta convertirse en la actual ESIME (Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica).
Durante la década de 1930, el edificio fue ampliado y remodelado para adaptarse a las nuevas funciones educativas. Lamentablemente, muchas partes del exconvento fueron modificadas o destruidas, incluyendo la fachada original, sustituida por una de estilo industrial. Tras los daños provocados por el terremoto de 1985, se reconstruyó una nueva fachada en tezontle y cantera, inspirada en registros fotográficos antiguos.
Fuego, arte y renovación espiritual
En 1940, un incendio destruyó el altar mayor de estilo neoclásico. Poco más de una década después, el padre vasco Ramón de Ertze Garamendi, sociólogo y profesor universitario, fue nombrado párroco. Bajo su liderazgo, se emprendió una innovadora restauración entre 1954 y 1955, con la colaboración de los arquitectos Ricardo de Robina, Jaime Ortiz Monasterio y el célebre escultor Mathias Goeritz.
La intervención fue revolucionaria: se integraron sistemas de sonido e iluminación ocultos, se eliminaron aplanados para mostrar la piedra original y se armonizó el espacio con arte contemporáneo. El resultado fue una fusión única entre minimalismo moderno y arquitectura colonial.
El toque de Mathias Goeritz
Goeritz dejó su huella de manera profunda. En el ábside del templo creó el relieve La Mano de Dios, inspirado en el Cristo del retablo de Isenheim de Matthias Grünewald. También diseñó los vitrales azules y amarillos de las ventanas, cúpula y linternilla, con formas abstractas que remiten a la vida y martirio de San Lorenzo. Estas obras se produjeron en la fábrica de vidrio Carretones, en el barrio de La Merced —la misma donde más tarde se elaboraron los vitrales de la Catedral Metropolitana.
Un templo para el trabajo y la devoción
A diferencia de otras iglesias conventuales, el templo tiene una sola fachada, inspirada en la Iglesia de la Enseñanza. En ella destaca una escultura de San Agustín y un conjunto escultórico de gran calidad. Al interior, sobresalen elementos como el relieve de la Anunciación en el coro alto, la gran venera en el coro bajo, el altar principal del siglo XVIII y un púlpito de madera finamente tallado.
Hoy, la iglesia es conocida por su Señor de los Trabajos, devoción popular muy arraigada en estados como Aguascalientes, Zacatecas y Guanajuato. Cada dos semanas se celebra una misa especial para agradecer por el trabajo conseguido, y desde aquí se gestiona una pequeña oficina de empleo, que ofrece ayuda práctica a quienes la necesitan.
¿Qué San Lorenzo?
En México, hay cierta confusión sobre las figuras asociadas con el nombre “San Lorenzo“. La mayoría de las iglesias antiguas —como esta— están dedicadas a San Lorenzo Diácono, un mártir del siglo III en Roma. Sin embargo, a lo largo del tiempo algunas han combinado esta figura con la de San Lorenzo Ruíz, mártir filipino canonizado en 1981 por el Papa Juan Pablo II. Sea como fuere, la dedicación sigue vigente: San Lorenzo, patrono de los pobres y de quienes buscan trabajo, sigue siendo símbolo de esperanza y esfuerzo.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.