A cuatro décadas de la muerte de Juan Rulfo, su universo vuelve a tomar forma, esta vez desde la pantalla. La Casa Universitaria del Libro UNAM abre un espacio para mirar, escuchar y discutir la memoria en una función especial que mezcla cine y conversación.

El encuentro forma parte del Cine Club de CASUL, una tradición que cada semana convierte la sala en un pequeño laboratorio de imágenes y reflexiones. En esta ocasión, el foco está puesto en el documental Del olvido al no me acuerdo, dirigido por Juan Carlos Rulfo, quien además estará presente para dialogar con el público.

La memoria como territorio narrativo

La película propone un viaje peculiar: reconstruir la historia de un hombre del que nadie parece recordar nada. A partir de esa ausencia, el relato se expande hacia un mosaico de voces, principalmente de adultos mayores en Jalisco, que comparten recuerdos fragmentados, anécdotas y silencios.

Más que encontrar respuestas, el documental se adentra en la textura de la memoria misma. Lo que emerge no es una biografía clara, sino una colección de historias que, como ecos, revelan cómo recordamos y qué olvidamos.

En este ejercicio, la sombra de Rulfo se siente cercana. No por adaptación directa, sino por afinidad: ese interés por los murmullos, por las voces que sobreviven en los márgenes y por los paisajes donde el pasado nunca termina de irse.

Un diálogo entre cine y archivo vivo

Tras la proyección, el director conversará con Hugo Villa Smythe, actual responsable de la Filmoteca de la UNAM. La charla abre la posibilidad de extender la experiencia del documental hacia una reflexión más amplia sobre el cine como herramienta de memoria colectiva.

El trabajo de la Filmoteca, uno de los acervos más importantes de América Latina, también resuena en este contexto: preservar imágenes es, en cierto modo, resistir al olvido.

Cine club en la Roma Norte

La función se llevará a cabo en la sede de CASUL, ubicada en la colonia Roma Norte de la Ciudad de México. Como en toda sesión de su cineclub, la experiencia no se limita a ver una película, sino a compartirla, discutirla y dejar que sus preguntas sigan abiertas.

En tiempos donde la memoria compite con la velocidad del presente, este tipo de encuentros funcionan como una pausa necesaria. Porque, al final, recordar también es una forma de narrarnos.