La música sacra de Gioachino Rossini vuelve a resonar en el Palacio de Bellas Artes con una de sus obras más personales y menos conocidas: La Petite Messe Solennelle. Lejos del brillo operístico que lo hizo célebre, esta pieza escrita en la madurez del compositor revela una faceta íntima, irónica y profundamente humana, que ahora será interpretada por la Compañía Nacional de Ópera y el Coro del Teatro de Bellas Artes.

Compuesta en 1863 para un ensamble reducido de solistas, coro, piano y armonio, la obra fue definida por el propio Rossini como “el último de mis pecados de vejez”. A pesar de su modestia instrumental, la partitura despliega una riqueza expresiva notable, donde conviven el recogimiento litúrgico, la elegancia melódica y el inconfundible sentido teatral del compositor italiano.

La función se realizará el jueves 18 de diciembre a las 20 horas en la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes y tendrá una duración aproximada de 90 minutos. El programa incluye las secciones completas de la misa —Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus, Benedictus y Agnus Dei— además del Preludio religioso y el O salutaris hostia, piezas que consolidan esta obra como uno de los puntos más altos de la producción tardía de Rossini.

La interpretación estará a cargo del Coro del Teatro de Bellas Artes, bajo la dirección del maestro invitado Salvatore Caputo, actual director de coro de la Ópera Nacional de Burdeos. El elenco de solistas reúne a voces destacadas del panorama nacional, acompañadas por piano y armonio, respetando el formato original concebido por el compositor.

Estrenada de manera privada en París y admirada desde sus primeras audiciones por músicos y compositores de su tiempo, La Petite Messe Solennelle ocupa hoy un lugar singular en la historia de la música: una obra sacra escrita por un genio de la ópera que, sin abandonar la ironía ni la sensibilidad teatral, encontró en la espiritualidad un nuevo territorio creativo.

Esta presentación en Bellas Artes ofrece una oportunidad excepcional para escuchar una pieza poco frecuente en los escenarios mexicanos y acercarse a una dimensión distinta del legado de Rossini, en un entorno acústico y arquitectónico que potencia su carácter introspectivo.