Durante siglos, la picota formó parte del paisaje urbano y del imaginario del castigo en la Nueva España. Este instrumento, también conocido como rollo de justicia, no solo funcionó como mecanismo penal, sino como un símbolo visible del poder, la moral pública y el control social. Esa historia, hoy poco conocida, es el eje del libro El rollo y la picota. Tortura y ajusticiamiento en México publicado en 2025.

La obra propone una mirada profunda al origen, uso y significado de estas estructuras de piedra o madera a las que se ataba a las personas condenadas para el escarnio público, un castigo que con frecuencia culminaba en la ejecución. A través de investigación documental y gráfica, el libro reconstruye la presencia de la picota en México desde el siglo XVII hasta finales del XIX, y la conecta con los procesos de colonización y transformación social.

Coeditado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Museo Nacional de las Intervenciones, la Escuela Nacional de Antropología e Historia y el Colegio Libre de Historiadores Profesionales del Estado de Hidalgo, el volumen se compone de tres capítulos y un apéndice que abordan el surgimiento de este artefacto en España y su adaptación en territorio novohispano.

Más allá de su función punitiva, la investigación subraya el valor patrimonial de las picotas que aún se conservan. Muchas de ellas permanecen en plazas públicas, atrios de iglesias o espacios urbanos donde su significado original se ha ido diluyendo con el paso del tiempo. El historiador Ranulfo Gaspar Hernández señala que estas estructuras fueron pensadas como instrumentos de humillación y advertencia colectiva, en una época en la que la asistencia pública a los castigos era obligatoria.

El libro también recupera casos emblemáticos, como el rollo de justicia de Zempoala, en Hidalgo, considerado uno de los mejor conservados del país. Otros ejemplos muestran cómo algunas picotas fueron reubicadas en espacios religiosos, como la que se encuentra en el atrio de la iglesia de la Purísima Concepción en Otumba, Estado de México, donde incluso se añadió una escultura de la Virgen de Guadalupe en su cúspide.

Uno de los puntos más sugerentes del estudio es la comparación entre la picota y el tzompantli mexica. Ambos, señalan los autores, funcionaron como símbolos de autoridad y dominio sobre la población, aunque esta relación ha sido objeto de intensos debates entre especialistas.

El trabajo, desarrollado también por los investigadores Pascual Tinoco Quesnel y Oswaldo Ramírez González, se nutre de archivos históricos y acervos gráficos que permiten comprender a la picota no solo como un instrumento de tortura, sino como una huella material de la violencia institucionalizada durante el periodo virreinal.

Al final, el libro abre una invitación a seguir investigando, conservando y difundiendo estos monumentos incómodos, que obligan a mirar de frente una parte dura, pero fundamental, de la historia social y urbana de México.