En el Centro Histórico, entre la Centro Histórico y el tramo que une Marroquí con Luis Moya, se esconde un pasaje que parece inofensivo a plena luz. Pero cuando el sol se retira y las sombras se acomodan entre las piedras antiguas, el Callejón del Sapo comienza a recordar.

La historia se remonta al virreinato. En una casona cercana vivía un matrimonio español cuya unión se marchitaba en silencio. La ausencia de un hijo se convirtió en una grieta cada vez más profunda. Desesperada, la mujer escuchó el consejo de su sirvienta y acudió a una bruja.

La hechicera no endulzó sus palabras. Le dijo que el problema no era ella, sino su marido. También le advirtió que quedaría embarazada de cualquier forma. Las predicciones son semillas caprichosas, y esta germinó en medio del desengaño.

Mientras el esposo acumulaba infidelidades, la mujer conoció a un joven indígena. Entre encuentros secretos y promesas susurradas, quedó encinta. La sirvienta era la única testigo del secreto. Temiendo que la verdad saliera a la luz, la señora decidió despedirla. Error fatal.

La venganza viaja rápido cuando lleva rabia en la boca. La sirvienta reveló la verdad y el esposo, enceguecido por el orgullo, mandó a la hoguera tanto a ella como a la bruja. El fuego consumió cuerpos, pero no silenció maldiciones.

Dicen que por las noches el espíritu de la hechicera se aparecía al marido y le susurraba que su mujer seguía viéndose con el indígena. El hombre los sorprendió. Hubo lucha. El indígena lo mató. La mujer, acorralada por el miedo, entregó a su amante a la autoridad. Lo castigaron con azotes hasta la muerte.

La tragedia parecía completa, pero aún faltaba el eco más oscuro.

El niño nació distinto. Su cuerpo deformado y su mirada cargada de rencor alimentaron la leyenda. Quienes afirmaban haberlo visto y sobrevivido decían que su silueta recordaba a un sapo erguido, con piel rugosa y ojos desproporcionados. No lloraba como los demás niños. Emitía un sonido áspero, casi anfibio.

Con el tiempo, comenzaron a circular relatos de ataques nocturnos. Personas encontradas sin piel, cuerpos exangües, callejones impregnados de un olor metálico. El ser, rechazado por todos, cobraba su venganza arrancando la piel de sus víctimas y bebiendo su sangre.

Así nació la leyenda del Callejón del Sapo. Un rincón donde el amor clandestino, la traición y la superstición se mezclaron hasta crear algo que ya no pertenecía del todo al mundo humano.

Hoy, quienes caminan por ese pasaje aseguran sentir una humedad extraña en el aire, como si las piedras sudaran memoria. Y si escuchas con atención, puede que oigas un leve croar que no proviene de ningún animal visible.

Algunas calles guardan historias.
Otras, criaturas.