En el número 53 de la avenida Bucareli, en la frontera entre el centro de la Ciudad de México y la Colonia Juárez, hubo un departamento que durante casi medio siglo acumuló secretos, obsesiones y desgracias. En el departamento 8, entre 1934 y 1980, atendió la vidente Trinidad Reséndiz —también conocida como Nelly Mulley—, una mujer que se anunciaba como “Doctora de Almas” y que convirtió su consultorio en uno de los espacios más inquietantes del esoterismo mexicano.

El edificio no tenía nada de extraordinario desde la calle. Pero quienes subían las escaleras hasta el 53-8 encontraban otra atmósfera: cortinas pesadas, aromas intensos de perfumes traídos —según ella— de la India, música baja y, al centro, el objeto que la distinguía de todas sus rivales: el globo magnético, su bola de cristal. Nelly aseguraba ser la única poseedora legítima de ese instrumento. Frente a él prometía devolver amores, resolver negocios en tres días y revelar el número exacto de la Lotería.

Adoptó un seudónimo que sonara exótico, como muchas otras quirománticas que comprendían el poder del misterio en una ciudad fascinada por lo oculto. Era hermana menor de la célebre Zulema Moraima, famosa por predecir muertes ilustres, como la de Ramón López Velarde. Juntas formaban parte de un circuito esotérico que sobrevivía entre anuncios de periódicos, licencias negadas y redadas oficiales. En 1952, durante la llamada “Limpia General de Cartomancianas y de Toda Clase de Brujas Indeseadas”, Nelly fue detenida por fraude. Pero regresó. Siempre regresaba.

Lo que ocurría dentro de su consultorio era materia de rumores. Clientes aseguraban que su mirada parecía atravesarlos. Otrxs hablaban de cómo describía con precisión detalles íntimos que nadie más conocía. En 1940 se decía que había aconsejado al entonces jefe del Departamento del Distrito Federal, Javier Rojo Gómez. Su fama crecía tanto en círculos políticos como en la nota roja.

El episodio que consolidó su aura oscura ocurrió el 25 de febrero de 1957. Ignacio Mejía, un bolero que había gastado todos sus ahorros en billetes de lotería confiando en la predicción de Nelly, regresó furioso cuando el número no resultó ganador. Intentó asesinarla. La versión oficial habló de deudas y engaño, pero el relato popular fue más lejos: que la vidente había visto el ataque antes de que ocurriera y que, aun así, decidió recibirlo.

Durante los años cincuenta, un hombre abandonó a su familia por ella y se mudó al departamento de Bucareli 53-8. Permaneció ahí hasta la muerte de Nelly en 1980. En su tumba, en el Panteón Francés, dejó constancia de un amor absoluto. Para algunxs, fue hechizo. Para otros, pura voluntad.

Las fotografías de la Agencia Casasola muestran a Nelly con cabello negro encrespado, cejas marcadas y una mirada que oscila entre lo seductor y lo inescrutable. En sus anuncios prometía retirar maleficios con “eco fluídico”, preparar talismanes personalizados y atraer la felicidad con metales y números exactos. Su consultorio no solo ofrecía predicciones: ofrecía destino.

Hoy, Bucareli 53 sigue en pie, pero el departamento 8 ya no recibe visitas en penumbra. Sin embargo, el imaginario permanece. Hay quienes aseguran que, al pasar por el edificio de noche, sienten una presión en el pecho, como si alguien observara desde una ventana invisible. Otrxs juran que en ciertas madrugadas se percibe un olor dulce y penetrante, como de perfume antiguo.

Tal vez todo sea sugestión. O quizá el consultorio de Nelly Mulley fue algo más que un espacio para leer la suerte. En una ciudad que aprendió a convivir con lo inexplicable, su nombre todavía resuena como advertencia, no todos los destinos deben conocerse antes de tiempo.