En 1887, en lo que hoy es el Centro Histórico de la ciudad, se instaló uno de los consultorios más singulares y comentados de su época: el del médico Ferreol Labadié, pionero en la práctica del hipnotismo en México.

Desde su gabinete en Av. Juárez 14, Labadié ofrecía un tratamiento que prometía aliviar padecimientos que en el siglo XIX se describían como melancolía (hoy depresión), demencia, manía e incluso el llamado “idiotismo”, término con el que entonces se englobaban diversos trastornos mentales. En una era donde la psiquiatría apenas daba sus primeros pasos formales, la hipnosis se presentaba como una alternativa moderna y casi científica frente a lo desconocido de la mente humana.

El procedimiento tenía algo de espectáculo y algo de ritual. El paciente se sentaba frente a un objeto diseñado para capturar su atención. De pronto, un destello intenso proveniente de una lámpara de calcio rompía la quietud, acompañado por el estruendo seco de un gong. El impacto sensorial buscaba inducir un estado hipnótico, permitiendo al médico intervenir en las profundidades de la conciencia.

Más allá de la polémica que pudo generar su método, Labadié dejó una huella importante: fue el encargado de introducir formalmente la enseñanza de la hipnosis en México, marcando un capítulo poco conocido pero fascinante en la historia de la medicina y la salud mental en el país.

Entre ciencia, sugestión y asombro, el consultorio del Dr. Labadié representa hoy un episodio donde la frontera entre la medicina y lo extraordinario parecía apenas perceptible.