En la vasta Ciudad Deportiva Magdalena Mixhuca, donde el concreto olímpico conversa con jacarandas y ardillas inquietas, circula una historia que no aparece en placas conmemorativas ni en archivos oficiales. Es un rumor que trota al amanecer, cuando lxs corredorxs apenas calientan, y se estira al atardecer, cuando las canchas comienzan a vaciarse. Le llaman el duende de Ciudad Deportiva.
Dicen que habita entre jardines, pistas, gradas y túneles. Que no es uno, sino quizá varios. Que se divierte haciendo pequeñas travesuras a quienes llegan disciplinados a cumplir con su rutina: una coleta que se siente jalada sin previo aviso, una pelota que desaparece justo antes del tiro decisivo, agujetas que se anudan con precisión quirúrgica para provocar una caída aparatosa. Y cuando la víctima voltea indignada, buscando al bromista, lo único que alcanza a ver es un borrón. Una sombra compacta que cruza como relámpago y se esfuma detrás de un árbol o una reja.
Nadie lo ha observado con calma. Siempre se mueve demasiado rápido. Algunxs aseguran que tiene forma de niño, o al menos el tamaño de uno. Un ser antropomorfo, pequeño, ágil, casi eléctrico. Corre entre las casuarinas, se esconde bajo las gradas del Estadio Jesús Martínez “Palillo”, brinca bardas invisibles cerca del Velódromo Olímpico Agustín Melgar y se pierde en los pasillos que conectan con el Autódromo Hermanos Rodríguez. Como si conociera cada rincón desde antes de que el primer disparo de salida inaugurara la pista.
Y es que este lugar carga historia suficiente para alimentar cualquier aparición. Inaugurada en 1958, la Ciudad Deportiva nació del impulso combativo de Jesús Martínez “Palillo”, quien soñó un espacio donde el deporte fuera refugio contra la violencia y los excesos. Aquí se celebraron competencias olímpicas en 1968, arrancaron maratones memorables y rugieron motores de Fórmula 1. También fue hospital en tiempos de pandemia y albergue para migrantes en tránsito. Si las paredes hablaran, contarían hazañas, derrotas, exilios y regresos.
Tal vez por eso el duende no es del todo ajeno. Quizá es la condensación traviesa de décadas de energía acumulada: gritos de gol, disparos de salida, conciertos multitudinarios, motores acelerando como bestias metálicas. Una criatura hecha de eco y memoria que decidió quedarse a jugar.
Hay quienes se lo toman con humor y siguen entrenando como si nada. Otrxs, después de sentir ese jalón inesperado o ver cómo su balón se esfuma sin explicación, prefieren cambiar de horario o de sede. Pero la leyenda sigue creciendo, alimentada por testimonios que se parecen demasiado entre sí.
En un espacio que fue diseñado para disciplinar el cuerpo, el duende parece recordar que no todo puede medirse en cronómetros. Corre libre, invisible y fugaz, entre pistas y árboles. Y cuando menos lo esperas, ya pasó junto a ti.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.