En agosto de 1943, en pleno corazón de la Ciudad de México, un espectáculo insólito capturó la atención de miles: un hombre prometía crucificarse durante 100 días, confiando únicamente en el poder de su voluntad para dominar el dolor.

Se llamaba Harry Von Wieckende, conocido como El Fakir Harry. Nacido en Bombay de padres suizos, trotamundos y artista de variedades, aseguraba haber entrenado durante años su cuerpo y su mente para someterlos a su voluntad absoluta. Su sacrificio —decía— era una ofrenda para pedir al cielo el fin de la Segunda Guerra Mundial.

El 26 de agosto de 1943, a las 14:45 horas, fue clavado en un tablón “estilo hindú” en un local acondicionado como El Palacio Hindú, frente al cine Cinelandia (en donde hoy es Eje Central Lázaro Cárdenas #5, en donde está el KFC). Largos clavos de oro atravesaron sus pies y su mano izquierda. El acto fue presenciado por más de un centenar de personas, pero en los días siguientes la cifra creció de manera descomunal: más de 150 mil visitantes desfilaron ante él. Entre ellos estuvieron figuras como Cantinflas, el cineasta Arcady Boytler, Maximino Ávila Camacho y Alberto J. Pani.

El público observaba con fascinación y horror. Algunxs se desmayaban. Otros le llevaban imágenes religiosas, milagritos de plata o le pedían favores como si se tratara de un santo. Harry, con la mano libre, fumaba, bebía café y conversaba con lxs asistentes. Aseguraba que sufría —“tengo sensibilidad como cualquier hombre normal”—, pero que sus músculos obedecían a su voluntad.

Sin embargo, el espectáculo pronto mostró signos de peligro. El 4 de septiembre, un supuesto médico estadounidense manipuló violentamente los clavos, provocándole un dolor intenso. Días después, el tablón comenzó a partirse, poniendo en riesgo su estabilidad. A pesar de todo, el faquir insistía en continuar.

La noche del 15 de septiembre, su estado empeoró. Presentaba dificultades respiratorias severas. El doctor Merino ordenó desclavarlo el 16 de septiembre por indicios de congestión pulmonar y complicaciones cardíacas. Fue trasladado a un sanatorio en la colonia San Rafael.

Cinco días después, el 21 de septiembre de 1943, fue dado de alta. Regresó al Hotel Gillow, en Isabel la Católica. Subió hasta el tercer piso, llegó al umbral de la habitación 302… y cayó fulminado. Minutos más tarde, murió.

El certificado indicó muerte natural, pero las sospechas no tardaron en surgir: ¿fue víctima de su propio fanatismo artístico o de la ambición empresarial que retrasó su rescate? La polémica acompañó su entierro en el Panteón Jardín y alimentó durante años la memoria de aquel espectáculo extremo que marcó a la ciudad.

El Faquir Harry quedó como símbolo de una época en la que el espectáculo, la fe, la ciencia y la explotación comercial se entrelazaban peligrosamente.