En la calle Dolores número 4, en pleno Centro Histórico, abrió sus puertas en los años setenta un espacio que parecía más portal que oficina. Ahí nació el Instituto Mexicano de Estudios del Fenómeno Paranormal, fundado por el gallego inquieto y volcánico Salvador Freixedo. No era un simple despacho con escritorio y archivo. Era un laboratorio de lo invisible, una tribuna para lo incómodo y un faro encendido en medio del escepticismo oficial.
Freixedo había recorrido un trayecto poco común. Nacido en Galicia en 1923, emigró a América en 1947 y fue ordenado sacerdote jesuita en 1953. Estudió filosofía en Santander, humanidades en Salamanca, teología en California, ascética en Quebec y psicología en Los Ángeles. Enseñó Historia de la Iglesia en Santo Domingo, fundó movimientos juveniles en Puerto Rico y fue asesor en Cuba. Durante tres décadas fue hombre de sotana y disciplina.
Hasta que dejó de serlo.
Su libro Mi iglesia duerme y sus planteamientos críticos le costaron la permanencia en la Orden en 1969. A partir de ahí, su brújula giró hacia territorios más arriesgados. Fenómeno ovni, apariciones, entidades no humanas, manipulación histórica, religión comparada, poder político y fuerzas invisibles. El Instituto fue su cuartel general para estudiar lo que muchos preferían archivar bajo la etiqueta de delirio.
Un epicentro de nuevas corrientes
El Instituto no solo investigaba casos extraños. Fue de los primeros espacios en México en abrirse al Kundalini yoga y al budismo cuando aún eran excentricidades importadas. Organizó el Primer Congreso Internacional del Fenómeno Paranormal y la Primera Exposición de Ritos, Ceremonias y Artesanías Mágicas, eventos que mezclaban académicos, curiosos, creyentes y escépticos bajo el mismo techo.
Freixedo también impulsó el Centro de Brujería de Tuxtla, expandiendo su interés por los saberes marginales y los sistemas simbólicos que sobreviven fuera del canon oficial. Su figura no cabía en una sola casilla: ex jesuita, polemista, investigador de campo, conferencista global y autor prolífico.
Entre sus libros destacan Parapsicología y religión, Defendámonos de los dioses, La granja humana, Teovniología y el incisivo Diccionario sulfúrico. En ellos plantea una tesis provocadora: la humanidad podría no ser la cima del tablero, sino pieza. Sugiere que entidades superiores, antiguamente interpretadas como dioses, interactúan con nosotros desde tiempos remotos. No bajo categorías humanas de bien o mal, sino bajo lógicas que nos superan.
Una voz que incomodaba
Quienes lo escucharon recuerdan una voz firme, sin titubeos. Freixedo no parecía un predicador delirante sino un polemista convencido. Esa convicción le ganó seguidores y detractores por igual. Fue expulsado de Cuba en tiempos de Batista por su libro 40 casos de injusticia social. Fue criticado por científicos y por investigadores del misterio. Siempre estuvo en la línea de fuego.
Su hipótesis central era inquietante. Sostenía que la historia humana podría estar influida por inteligencias no humanas que manipulan religiones, gobiernos y conflictos. Comparaba nuestra situación con la de hormigas observadas por seres superiores. En La granja humana sugirió que podríamos ser recurso, experimento o simple entretenimiento cósmico.
No pedía fe ciega. Pedía análisis. Pedía abrir la mente sin vaciarla.
Dolores 4 como umbral
El Instituto en Dolores 4 funcionó como punto de encuentro para quienes sospechaban que la realidad visible era apenas una fachada. Entre conferencias, debates y expedientes de casos, se construyó una comunidad que desafiaba las fronteras entre religión, ciencia y esoterismo.
Freixedo falleció en 2019. Hasta el último día sostuvo sus postulados con la misma energía quijotesca que lo caracterizó. Para algunos fue un visionario adelantado a su tiempo. Para otros, un provocador excesivo.
Lo indiscutible es que dejó una pregunta abierta como una herida luminosa:
¿Y si no somos los protagonistas absolutos de nuestra propia historia?
El Instituto Mexicano de Estudios del Fenómeno Paranormal fue más que una dirección en el Centro Histórico. Fue una grieta en el muro de certezas, un espacio donde la duda se convirtió en método y la incomodidad en motor intelectual.
Como dijo Freixedo en una entrevista:
“Naces y cuando te das cuenta que eres tú, te entierran”.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.