En la esquina de lo que hoy es Rosales y avenida Hidalgo, donde el tránsito del Centro Histórico corre sin mirar atrás, hubo una casa asociada a un nombre que todavía resuena en las crónicas de la Conquista: Blas Botello de Puerto Plata. No fue capitán ni figura militar de primer orden. Fue algo más incómodo y fascinante para su tiempo: astrólogo, nigromante, lector de señales. Un hombre que aseguraba que el destino podía leerse antes de que la espada lo escribiera.
Las fuentes que lo mencionan, entre ellas la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, coinciden en que Botello acompañó a Hernán Cortés y gozaba de cierta confianza. Cargaba consigo una petaca con instrumentos y papeles llenos de cifras, rayas y frases enigmáticas. En un mundo que se debatía entre la fe católica y el miedo a lo desconocido, su presencia era una contradicción ambulante.
La leyenda sitúa su casa en la esquina de Rosales e Hidalgo, un punto que siglos después quedaría absorbido por la mancha urbana. Ahí, según la tradición oral, habría vivido o al menos frecuentado el astrólogo que aconsejaba al conquistador. Desde ese ángulo de la ciudad que aún no existía como tal, se habría gestado parte de una de las noches más decisivas del siglo XVI.
Botello ya había demostrado que sus palabras podían influir en la estrategia militar. Se dice que aconsejó atacar de noche a Pánfilo de Narváez, movimiento que terminó favoreciendo a Cortés. Ese acierto fortaleció su reputación. Pero su predicción más recordada no trajo victoria.
En 1520, tras la matanza del Templo Mayor y el cerco mexica sobre los españoles en Tenochtitlan, Botello lanzó su advertencia: debían salir la noche del 30 de junio, media hora antes de la medianoche. Si no, la catástrofe sería inevitable. Las crónicas cuentan que Cortés aceptó el consejo. Lo que siguió fue la noche que durante siglos se llamó la Noche Triste y que hoy muchos nombran como la Noche Victoriosa.
La luna, alta y despiadada, iluminó la retirada. El sigilo se rompió. Guerreros mexicas cayeron sobre las tropas españolas y sus aliados tlaxcaltecas. Murió casi la mitad del contingente. Entre ellos, el propio Botello. El hombre que había leído el desastre no logró escapar de él.
Después de la batalla, alguien encontró su petaca. Dentro había escritos que parecían dialogar entre sí: “Si me he de morir aquí…”, “No morirás”, “Si me han de matar también a mi caballo…”, “Sí matarán”. Frases cruzadas como si el destino discutiera consigo mismo. También apareció un objeto de cuero con forma fálica, interpretado por algunos como talismán ritual. La figura del astrólogo quedó envuelta en una mezcla de superstición, ironía y tragedia.
Hoy, al pasar por Rosales e Hidalgo, pocxs recuerdan que ese punto de la ciudad está ligado a un personaje que encarnó la obsesión renacentista por los astros y las señales. La astrología formaba parte del horizonte cultural europeo del siglo XVI. Reyes y soldados consultaban cartas celestes con la misma naturalidad con la que empuñaban armas. En ese cruce entre fe, guerra y profecía, Botello encontró su lugar.
La casa ya no existe como tal. El entorno cambió, los nombres de las calles también. Pero la historia permanece como un eco discreto del hombre que aconsejó la fecha de la huida y terminó atrapado por su propio presagio. En la esquina de Rosales e Hidalgo, la ciudad guarda una memoria casi invisible, tejida con signos, cifras y una noche iluminada por la luna.

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