En la actual Avenida Hidalgo 79, entre el murmullo del tráfico y la sombra generosa de la Alameda Central, se levanta una historia que parece susurrada por velas invisibles. A principios de 1900, en una casa ubicada entre Dr. Mora y Valerio Trujano, vivió durante un breve pero intenso periodo un hombre que coleccionaba nombres como otros coleccionan estampillas: Aleister Crowley.
Nacido como Edward Alexander Crowley en Royal Leamington Spa, educado en el Trinity College, poeta, alpinista, ajedrecista, fundador de la filosofía de Thelema y autoproclamado profeta del “eón de Horus”, Crowley convirtió su vida en una obra performática permanente. Para algunxs fue místico; para otrxs, provocador profesional. Él prefería llamarse Frater Perdurabo. Y también “La Gran Bestia 666”.
Su paso por México fue breve pero incendiario en imaginación. Rentó una casa a espaldas de la Alameda y, según relató después, allí practicó un experimento singular: la invisibilidad. Frente a un espejo, concentrado como quien afila una voluntad hasta volverla filo, aseguró haber desaparecido. Celebró el logro con una corona de oro y una túnica escarlata, paseando por la ciudad sin que nadie lo notara. Una figura real que afirmaba caminar como espectro por las calles porfirianas.
En sus memorias dejó una declaración apasionada hacia el país:
“¡Oh México, mi corazón palpita y arde cuando mi recuerdo te trae a mi mente! Por otros países siento más admiración y respeto, pero ninguno de ellos rivaliza con tu fascinación”.
Para entonces, Crowley ya había pasado por la Hermetic Order of the Golden Dawn, había escalado montañas en el Himalaya, y años después fundaría su propia orden, la A∴A∴, además de dirigir la rama británica de la O.T.O. Su texto central, Liber AL vel Legis, conocido como El libro de la ley, proclamaba la célebre máxima: “Haz lo que tú quieras será toda la Ley”.
Pero en la Ciudad de México no dejó templos ni discípulos organizados. Solo una anécdota que ha mutado en leyenda urbana. La “Casa Maldita” no ganó ese nombre por tragedias documentadas, sino por la atmósfera que su inquilino proyectó retrospectivamente. La imaginación popular hizo el resto. Donde hubo un extranjero excéntrico practicando rituales privados, el relato añadió sombras, susurros y espejos demasiado profundos.
En 1901 partió hacia Estados Unidos y jamás volvió. La casa quedó. La ciudad siguió creciendo. La dirección cambió de número. Hoy, entre edificios modernos y oficinas, pocos sospechan que en ese punto alguien afirmó haber probado la textura de la invisibilidad.
Quizá no desapareció del todo. Tal vez solo cambió de plano y se volvió leyenda, que es otra forma de persistir.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.