Al tamal lo envuelve la hoja, pero lo reúne la gente. Entre vapores de masa caliente, aromas de leña y conversaciones que iban de puesto en puesto, el Complejo Cultural Los Pinos recibió a cerca de 5 mil 500 personas que acudieron a celebrar la víspera del Día de la Candelaria como una auténtica fiesta del maíz, la memoria y la vida en comunidad.

Por primera vez, el antiguo recinto presidencial abrió sus patios a una tradición profundamente popular. El gesto no pasó desapercibido. Un espacio históricamente vinculado al poder político se transformó, por unas horas, en un territorio de cocina colectiva, sabores heredados y mesas compartidas. Aunque en distintas alcaldías de la Ciudad de México se realizan ferias del tamal, su llegada a Los Pinos tuvo un peso simbólico especial por su vocación pública y cultural.

Entre risas y frases que flotaban en el aire, como el inevitable “a todo santo le llega su tamal”, familias, parejas y grupos de amigos recorrieron la plaza Jacarandas y el área de Cencalli siguiendo el rastro de los olores, más elocuentes que cualquier cartel. La feria reunió alrededor de 50 puestos, la mitad dedicados a tamales y preparaciones de maíz, y el resto a un pequeño mercado con frutas, legumbres y productos artesanales.

La oferta fue una verdadera cartografía gastronómica. Más de 80 variedades de tamales dieron cuenta de la diversidad culinaria del país, desde el norte hasta el sureste, con recetas que conservan técnicas ancestrales. Desde temprana hora, los hornos de piedra y leña comenzaron a encenderse, evocando antiguos rituales dedicados al maíz, como los descritos por Fray Bernardino de Sahagún en sus crónicas.

Entre las preparaciones más llamativas destacó el zacahuil, originario de la Huasteca hidalguense, elaborado por Grindelia Hernández, de Zoquitipán. Monumental y pensado para compartirse, este tamal comunitario recordó que comer también es un acto colectivo. Su aroma profundo se expandía por la plaza y convocaba a curiosos y conocedores por igual.

Las filas no tardaron en formarse frente a puestos que ofrecían sabores poco comunes para muchos paladares urbanos. Conejo, verdolagas, cabeza de cerdo, quelites, flor de calabaza o frijol convivieron con atoles de maíz azul, cacao, pinole o piloncillo con canela. Cada bocado era una historia regional envuelta en hoja.

La feria también cruzó fronteras. Uno de los espacios más concurridos fue el del Colectivo de Colombia, donde se presentó el tamal tolimense, preparado con arroz, harina de maíz, carne de cerdo, verduras y huevo cocido. La receta, explicaban sus cocineros, cambia según la región, como ocurre en México, confirmando que el tamal es una idea compartida en toda América Latina.

La sorpresa llegó también en forma de insectos comestibles. Desde Tlaxcala, Ignacio Mota ofreció tamales con chapulines, chicatanas, chinicuil y otros ingredientes que despertaron curiosidad y risas, sobre todo entre los más pequeños, que descubrieron que el asombro también se come.

Las opciones vegetales tuvieron un lugar destacado, con versiones de setas, frijol con queso vegetal o birria de hongos, así como propuestas dulces que combinaban frutas, cacao y frutos secos. Mientras tanto, los clásicos oaxaqueños recordaron que el tamal no se hace en soledad, sino en familia y en comunidad, hoja por hoja.

La tarde avanzó entre conversaciones, recetas compartidas y reencuentros con la memoria culinaria. Tlaxcala, Oaxaca, Hidalgo, Veracruz, Tabasco, Michoacán y la Ciudad de México se encontraron en un mismo espacio, junto a sabores de otros países, dejando claro que el maíz sigue siendo un idioma común. La celebración continúa, con la promesa de que cada tamal, al abrirse, vuelve a reunir a la gente.