El próximo 22 de febrero se cumple el centenario del nacimiento de Miguel León-Portilla (1926–2019), antropólogo, historiador y lingüista fundamental para entender la historia y el pensamiento de los pueblos originarios de México. Su legado será recordado con conferencias, homenajes, reediciones de sus textos y la publicación de un libro inédito que lleva un título tan íntimo como contundente: Soy mi memoria.
El volumen, editado por El Colegio Nacional, reúne las memorias que el propio León-Portilla dejó escritas y que, por voluntad expresa, encargó publicar a su esposa, la filóloga Ascensión Hernández Triviño. En entrevista, ella comparte no solo los detalles editoriales, sino también la vida cotidiana del intelectual que transformó la manera de leer el pasado indígena de México.
Un intelectual riguroso y un hombre cercano
León-Portilla combinó una disciplina férrea con una vida familiar profundamente afectuosa. Dedicaba las primeras horas del día a la lectura, pero siempre encontraba espacio para compartir el desayuno, los fines de semana y el tiempo con sus nietos. Esa cercanía también se reflejaba en su trabajo académico: prólogos escritos con generosidad, diálogo constante con colegas y una curiosidad que no se apagó con los años.
Las memorias que ahora ven la luz fueron revisadas en familia. En los últimos tramos, cuando su vista ya no le permitía leer, Miguel León-Portilla dictó los textos, afinando recuerdos que cruzan la infancia, la formación jesuita, su paso por la UNAM y su consolidación como una de las voces más influyentes del pensamiento humanista en México.
Una vida atravesada por la historia del siglo XX
Soy mi memoria recorre los momentos clave de una vida marcada por los grandes acontecimientos del siglo XX, siempre observados desde la reflexión cultural más que desde la militancia política. El libro incluye episodios personales, como el encuentro con Ascensión Hernández en un congreso en Barcelona y la relación construida a través de cartas que tardaban días en cruzar el océano.
También ocupa un lugar central la figura de Ángel María Garibay, maestro y amigo cercano, con quien compartía largas conversaciones sobre el náhuatl y la historia de los pueblos originarios, así como la influencia de Manuel Gamio, su tío y referente intelectual.
Repensar América desde sus voces originarias
Uno de los momentos clave de su trayectoria fue su nombramiento como delegado de la UNESCO, donde participó en la reflexión conceptual del quinto centenario del llamado descubrimiento de América. En ese contexto, León-Portilla cuestionó las visiones europeas que descalificaban a las culturas originarias y propuso una lectura crítica del llamado “encuentro entre dos mundos”, entendida tanto como confrontación como proceso de mestizaje cultural.
Esa mirada sigue siendo una de las aportaciones más vigentes de su obra, que desafió lecturas coloniales y devolvió profundidad filosófica a las voces indígenas de América.
Homenajes y celebraciones por su centenario
El centenario de Miguel León-Portilla será acompañado por una serie de jornadas conmemorativas. El Palacio de Bellas Artes prepara un homenaje, mientras que el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, espacio que fue su segunda casa, organizará un acto el 25 de febrero, encabezado por el rector Leonardo Lomelí, además de conferencias y la presentación formal de Soy mi memoria.
Para Ascensión Hernández, el recuerdo de León-Portilla sigue vivo en los gestos cotidianos, las conversaciones nocturnas y el amor compartido por los libros y la universidad. Su legado académico permanece, pero también la memoria íntima de un hombre que vivió su vocación hasta el último día.

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