En medio del tránsito constante de Tacubaya, frente a la Alameda que aún guarda ecos de su pasado como villa de descanso, se levanta uno de los recintos religiosos más antiguos y singulares de la Ciudad de México: la Parroquia de Nuestra Señora de la Purificación de María la Candelaria. Este templo, discreto en apariencia pero profundo en historia, es el único monasterio dominico del siglo XVI que se conserva en la capital, y un testimonio vivo del cruce entre el mundo prehispánico, la evangelización y la vida urbana contemporánea.
Hablar de La Candelaria de Tacubaya es recorrer más de cuatro siglos de historia, desde los antiguos manantiales que dieron nombre al lugar hasta las leyendas nocturnas que todavía estremecen a quienes caminan por sus alrededores.
Tacubaya antes de Tacubaya un territorio marcado por el agua y lo sagrado
Mucho antes de la llegada de los españoles, Tacubaya ya era un asentamiento estratégico. Su nombre original, Atlacuihuayan, ha sido interpretado como “lugar donde se toma el agua” o “lugar donde se toma el lanza-dardos”, ambas acepciones vinculadas a su riqueza natural y su importancia como punto de paso comercial. Las corrientes que descendían del Desierto de los Leones, Santa Fe y Cuajimalpa convirtieron a la zona en un enclave vital dentro de la cuenca de México.
No es casual que el sitio donde hoy se levanta la parroquia haya albergado un adoratorio dedicado a Cihuacóatl, diosa asociada con la fertilidad, la tierra y las parteras. Esta continuidad simbólica, del culto prehispánico a la devoción mariana, define el carácter profundo del lugar.
De los franciscanos a los dominicos el origen del templo
Tras la Conquista, Tacubaya se transformó rápidamente. Molinos de trigo, canales y caminos conectaron el poblado con la creciente Ciudad de México. Los primeros en establecer una iglesia fueron los franciscanos, quienes dedicaron el templo a San Francisco y protagonizaron una de las leyendas más tempranas del lugar: la resurrección milagrosa de un niño atribuida a la fe persistente de su padre.
Sin embargo, hacia 1556, el sitio pasó a manos de la Orden de Predicadores, los dominicos, quienes levantaron un nuevo templo sobre el antiguo basamento prehispánico. El recinto recibió entonces el nombre de Cihuatécpan, “palacio de la señora”, en alusión tanto a la diosa ancestral como a la Virgen María. A finales del siglo XVI, el convento y la iglesia ya se habían consolidado como el centro espiritual más importante de Tacubaya.
Una inscripción fechada en 1590, aún visible en el claustro, confirma la antigüedad del conjunto y su relevancia dentro de la arquitectura religiosa novohispana.
Una arquitectura sobria que guarda huellas del siglo XVI
La arquitectura de la Parroquia de la Candelaria destaca por su sencillez y equilibrio. De la construcción original del siglo XVI sobreviven los tres arcos de la fachada sur, que funcionaron como capilla abierta para la evangelización indígena. Esta solución arquitectónica fue clave durante los primeros años del periodo colonial.
La portada principal, orientada al poniente, es de dos cuerpos y refleja una transición entre el Renacimiento tardío y las formas tempranas del barroco. Columnas con capiteles jónicos, pilastras estilizadas, un óculo y nichos cuidadosamente labrados componen una fachada austera que contrasta con la riqueza simbólica del interior.
El atrio, sombreado por antiguos fresnos, es uno de los espacios más singulares del templo. Funciona como un oasis urbano y conserva el carácter comunitario que tuvo desde sus orígenes, cuando el conjunto incluía una gran plaza que se extendía hasta lo que hoy son avenida Revolución y la Alameda de Tacubaya.
El claustro dominico una joya silenciosa
Adosado al templo se encuentra un claustro de dos niveles, uno de los mejor conservados de la orden dominica en la Ciudad de México. Sus arcos de medio punto en la planta baja y arcos carpaneles en el nivel superior descansan sobre columnas toscanas, un sello característico de estos conventos.
Entre sus detalles más notables se encuentran los filetes en el salmer de los arcos, un rasgo decorativo que también aparece en el convento dominico de Azcapotzalco. En los muros del primer nivel se conservan inscripciones del siglo XVI con los nombres de los barrios que colaboraron en la construcción del recinto: Tlacateco, Nonohualco, Coxcaoac y Huitzilan, así como monogramas religiosos y fechas que anclan el edificio a su tiempo.
El interior fe arte y memoria histórica
Aunque el interior perdió los altares barrocos que lo adornaron durante siglos, la iglesia conserva una atmósfera sobria y contemplativa. Es de una sola nave con tres capillas laterales, dedicadas a la Virgen de Guadalupe, el Divino Rostro y el Santísimo.
El altar principal reúne las dos advocaciones que dan nombre al templo. Una pintura representa la Purificación de María, cuando la Virgen acude al templo cuarenta días después del parto. A su lado, una escultura de madera estofada del siglo XVIII muestra a la Virgen de la Candelaria sosteniendo al Niño Jesús y una vela encendida, símbolo de luz y renovación.
En la cúpula y las pechinas se conservan ocho pinturas dedicadas a santos y santas dominicos, entre ellos Santo Tomás de Aquino, San Vicente Ferrer, Santa Catalina de Siena y Santa Rosa de Lima, lo que refuerza la identidad de la orden en el espacio.
Dentro del templo también descansa María Inés de Jáuregui, testigo del arresto de su esposo, el virrey José de Iturrigaray, en 1808, un episodio clave en la crisis política que antecedió a la Independencia de México. Su tumba convierte al recinto en un silencioso archivo de la historia nacional.
La calle de las Ánimas y las leyendas que aún respiran
El costado sur del antiguo atrio colindaba con la célebre Calle de las Ánimas, hoy Mártires de la Conquista. Según la tradición oral, después de las ocho de la noche aparecían nubes luminosas que tomaban forma de esqueletos humanos, acompañadas de gritos y cadenas que aterrorizaban a lxs vecinxs.
Se decía que eran las almas en pena de víctimas de la Inquisición o de antiguos habitantes perseguidos, y que los dominicos realizaron exorcismos y rociaron agua bendita para apaciguar el sitio. Estas leyendas forman parte del imaginario nocturno de Tacubaya y convierten a la parroquia en un punto de encuentro entre historia, fe y misterio.
Un remanso de historia en la ciudad contemporánea
Hoy, la Parroquia de la Candelaria de Tacubaya, ubicada en la colonia Escandón Segunda Sección, alcaldía Miguel Hidalgo, permanece como un refugio de calma en medio del caos urbano. Cuidada todavía por la orden dominica, conserva su carácter espiritual y su valor patrimonial.
Visitar este templo no es solo entrar a una iglesia antigua, sino recorrer capas de tiempo donde conviven el agua prehispánica, la piedra colonial, la devoción popular y las leyendas que siguen susurrando al caer la noche.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.