La historia de la Parroquia de la Sagrada Familia, ubicada en la Colonia Roma de la Ciudad de México, está íntimamente ligada al nacimiento de uno de los barrios más emblemáticos del país. Su construcción no solo respondió a una necesidad religiosa, sino también al deseo porfiriano de convertir a la capital en una ciudad moderna, elegante y culturalmente comparable con las grandes urbes del mundo.

A finales del siglo XIX y principios del XX, la Colonia Roma surgió como un proyecto urbano ambicioso, pensado para atender la creciente demanda de vivienda y, al mismo tiempo, embellecer la ciudad. Sin embargo, durante sus primeros años, la colonia carecía de un templo propio. Esta ausencia fue atendida en 1906, cuando Pedro Lascuraín y su familia impulsaron la idea de edificar una iglesia dedicada a la Sagrada Familia, en memoria de la profunda devoción que su padre profesaba.

El proyecto fue bien recibido incluso por quienes no compartían la fe, pues contar con un templo representaba un símbolo de arraigo y consolidación urbana. El terreno fue donado por Pedro Lascuraín y Edward Orrín, y el diseño arquitectónico quedó a cargo del arquitecto Manuel Gorozpe, con la colaboración del ingeniero Miguel Rebolledo. La primera piedra se colocó el 6 de enero de 1910, en una ceremonia solemne que marcó el inicio de una obra destinada a convertirse en referente de la Roma.

La construcción se vio interrumpida entre 1913 y 1917 debido a la Revolución Mexicana, reflejo de un país convulso donde la relación entre Iglesia y Estado atravesaba uno de sus periodos más complejos. Finalmente, las obras concluyeron en 1925 bajo la dirección del padre Gonzalo Carrasco, jesuita, pintor y artista formado en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Ese mismo año se llevó a cabo la bendición de la torre y el reloj, elementos que hoy siguen marcando el pulso del barrio.

Arquitectura que dialoga con la luz y la fe

La Parroquia de la Sagrada Familia destaca por su armoniosa combinación de estilos neorrománico, neogótico y ecléctico, visibles desde su imponente fachada. Los arcos escalonados de medio punto, el rosetón central rodeado de palmas y círculos simbólicos, así como la torre coronada por cuatro torrecillas menores, convierten al templo en una de las construcciones más representativas de la Colonia Roma.

En el interior, la luz es protagonista. Entra filtrada a través de 25 vitrales policromos, elaborados en México por la compañía italiana Talleri, con diseños de flores, elementos vegetales y pasajes bíblicos. Estos vitrales dialogan con columnas azul claro, candelabros monumentales y murales que narran visualmente la historia de la Sagrada Familia.

El altar mayor resguarda uno de los mayores tesoros artísticos del templo: los murales pintados por el padre Gonzalo Carrasco, donde la espiritualidad se expresa con sensibilidad pictórica y una profunda carga simbólica. A los costados se encuentran espacios dedicados a San Ignacio de Loyola y al padre Miguel Agustín Pro, figura clave del catolicismo mexicano del siglo XX.

Una parroquia jesuita viva y en constante transformación

Desde sus inicios, la Sagrada Familia ha estado bajo el cuidado de la Compañía de Jesús, lo que le imprime una identidad profundamente ignaciana. Más que un recinto religioso, la parroquia se concibe como una comunidad de comunidades, abierta, solidaria y comprometida con su entorno.

Su misión pastoral se enfoca en el acompañamiento de diversos sectores sociales, entre ellos jóvenes, adultos mayores, comunidades indígenas, migrantes, personas en situación de calle y la comunidad LGBTTTQ+, promoviendo la inclusión, la dignidad humana y la justicia social. Esta visión convierte a la Parroquia de la Sagrada Familia en un espacio donde la fe dialoga con la realidad urbana contemporánea.

Hoy, más de un siglo después de su fundación, la Sagrada Familia no solo es un ícono arquitectónico de la Roma, sino también un punto de encuentro espiritual, histórico y cultural que sigue latiendo al ritmo de la ciudad.