En una discreta esquina al sureste del Zócalo capitalino se encuentra uno de los espacios más simbólicos del Centro Histórico: la Plaza de la Fundación, también conocida como Plaza de la Mexicanidad. Aunque de dimensiones más pequeñas que la gran plaza mayor, su significado es gigantesco: aquí se celebra el origen de la Gran Tenochtitlan, la ciudad que dio nacimiento a lo que hoy conocemos como Ciudad de México.

Un monumento que marca el inicio de la historia mexica

El centro de atención de esta plaza es una poderosa escultura realizada en 1970 por el artista Carlos Marquina, que representa el mítico momento en que los mexicas vieron al águila devorando una serpiente sobre un nopal: la señal enviada por Huitzilopochtli para fundar su ciudad. Según las leyendas, esto ocurrió en el año 1325, luego de una larga migración desde la mítica Aztlán, que habría comenzado en 1064.

La escultura está colocada sobre un mosaico inspirado en el Códice Mendoza de 1541, lo que le da un carácter simbólico, histórico y artístico a la vez. Fue inaugurada al mismo tiempo que la estación de Metro Zócalo/Tenochtitlán, marcando el auge del urbanismo moderno y del orgullo indígena en la capital.

Entre el pasado mítico y la vida cotidiana

Rodeada por edificios clave como el Gobierno de la Ciudad de México y la Suprema Corte de Justicia, la plaza no solo es un espacio de paso: también es lugar de encuentros, protestas sociales, momentos de descanso y arte urbano. Aquí convergen trabajadores, turistas, estudiantes y activistas, en una mezcla que refleja la vitalidad de la capital.

Además, su nombre alternativo, Plaza de la Mexicanidad, rinde homenaje al movimiento cultural del mexicayotl, surgido en los años 50. Este movimiento, impulsado por el pensador Antonio Velasco Piña, promovía una revalorización espiritual y filosófica de las raíces indígenas mexicanas, en contraposición al legado colonial europeo.

Una plaza con raíces profundas y alas abiertas al futuro

La Plaza de la Fundación es mucho más que un sitio con una escultura llamativa. Es un recordatorio permanente de los orígenes de una civilización, del poder de los símbolos y del diálogo entre el pasado prehispánico y la modernidad mexicana. Ya sea que tomes el metro, descanses bajo la sombra o participes en una marcha, este espacio sigue siendo un punto de encuentro entre la historia y el presente.