Si visitas el Centro Histórico de la Ciudad de México, después del imponente Zócalo, una plaza que no puedes dejar de conocer es la Plaza de Santo Domingo. Aunque mucho más pequeña, esta plaza te transporta a la época colonial y a la antigua ciudad que la precedió, mostrándote la riqueza histórica y arquitectónica que alberga.
Se cree que la plaza está ubicada justo donde estuvo la casa de Cuauhtémoc, el último emperador azteca, quien gobernó en 1520. Tras la conquista, los dominicos tomaron posesión del área y construyeron el Templo de Santo Domingo, que domina la plaza al norte y funciona como un atrio tradicional, donde antiguamente se realizaban actividades de evangelización.
Alrededor de la plaza encontrarás construcciones que datan de siglos atrás: al oeste está el Portal de Santo Domingo, con partes del siglo XVII, y al este el edificio de las Antiguas Aduanas, que hoy forma parte del Museo de la Secretaría de Educación Pública y exhibe murales espectaculares en su interior. En el centro, una fuente resalta con la estatua de Doña Josefa Ortiz de Domínguez, “La Corregidora“, obra del escultor italiano Enrique Alciati, famoso también por el Ángel de la Independencia.
Caminando cerca de la plaza, encontrarás también el antiguo Palacio de la Inquisición, ahora conocido como Palacio de Medicina, donde se ofrecen exposiciones gratuitas sobre la historia y avances de la medicina, desde órganos seccionados hasta aparatos antiguos de radiología.
La arquitectura de la plaza y sus alrededores está marcada por el estilo barroco novohispano, resultado de las reconstrucciones hechas en el siglo XVIII para solucionar problemas de hundimiento e inundaciones. Entre los edificios vecinos destacan el Palacio de la Santa Inquisición, las casonas de Diego Pedraza y Juan Jaramillo, y los Portales de los Evangelistas, que en el siglo XIX fueron el lugar donde los escribanos ayudaban a quienes no sabían escribir, con plumas, papel y, más tarde, máquinas de escribir.
Un dato curioso y poco conocido es que en esta plaza fue fusilado el General Santiago Vidaurri en 1867, por su apoyo al gobierno de Maximiliano de Habsburgo.
Hoy en día, la Plaza de Santo Domingo es un espacio vivo y transitado, ideal para pasear y conectar con las historias y la arquitectura que formaron parte de la Ciudad de México desde sus orígenes.

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