En el corazón de la Ciudad de México, entre el bullicio de los autobuses turísticos y la sombra de antiguos edificios coloniales, se encuentra un espacio con siglos de historia: la Plazuela del Marqués. Aunque hoy es un punto de conexión entre rutas del Turibús y del Capital Bus, su verdadero valor radica en las historias que resguarda bajo el asfalto y las piedras.

De manantial sagrado a punto neurálgico de la movilidad

Este sitio, también conocido como Plaza Menor para diferenciarlo del gran Zócalo capitalino, fue en la época prehispánica un manantial venerado, cuyas aguas eran consumidas durante los rituales dedicados a Huitzilopochtli, el dios patrono de los mexicas.

Con la llegada de los españoles, el espacio comenzó a transformarse. La zona fue absorbida por la enorme extensión de la Casa de Hernán Cortés, quien aunque nunca habitó allí, dio nombre al lugar debido a su título de Marqués del Valle de Oaxaca. Desde entonces, la denominación “Plazuela del Marqués” quedó marcada en la historia de este rincón del Centro Histórico.

Un escenario de fe, muerte y transformación

Uno de los episodios más oscuros ocurrió en 1574, cuando la Inquisición Española ordenó una ejecución masiva en la plazuela. Se dice que unos 80 condenados fueron ajusticiados, entre ellos antiguos piratas al servicio del traficante de esclavos John Hawkins.

Pese a ello, el lugar también fue escenario de devoción. En 1607, un espadachín llamado Pedro de Siria propuso erigir una Santa Cruz en el lugar. Su iniciativa, apoyada por el gremio de talabarteros (fabricantes de sillas de montar), dio pie a la construcción de una capilla en 1687, la cual permaneció hasta 1823. Tras su demolición, la plaza fue transformada en un mercado de flores, que se mantuvo activo hasta mediados del siglo XX.

Entre la historia y la vida cotidiana

Hoy, mientras los visitantes suben y bajan de los autobuses turísticos o atraviesan la plazuela rumbo a la Catedral Metropolitana, pocos saben que pisan un lugar cargado de simbolismo, leyendas, ejecuciones, devociones y hasta aromas florales. Es una de esas esquinas del Centro Histórico donde el tiempo no ha dejado de pasar, pero tampoco ha borrado su memoria.