Antes de hablarte de Rekō, tengo que volver a ese primer recuerdo confuso que tuve del sushi. De niño, en la Ciudad de México, la comida japonesa era casi un rumor lejano. No había muchos restaurantes, y lo poco que llegaba era a través de caricaturas o referencias sueltas que siempre lo reducían todo a lo mismo: “pescado crudo”. En mi cabeza infantil, eso no era un platillo, era una especie de prueba de valentía que no entendía por qué alguien pasaría.
Después llegaron las cadenas de sushi a ordenarlo todo. Rollos perfectos, alga, arroz, proteína y salsas dulces que lo volvían más cercano, más amable. Y ahí cambió algo: ese platillo que me parecía extraño empezó a convertirse en una costumbre, luego en gusto, y finalmente en obsesión.

Con el tiempo entendí que el sushi no era un solo formato, sino un universo entero. No solo makis, sino nigiris, temakis, chirashi, inari, oshi y una infinidad de preparaciones donde el arroz avinagrado es apenas el punto de partida. Más adelante llegaron nuevas formas como los handrolls, esos rollos sin corte que se comen con la mano y que concentran todo en un solo bocado, casi como si fueran una versión más directa y contemporánea de la tradición.

Y así, con esa curiosidad ya instalada desde hace años, cada vez que aparece un lugar que propone algo distinto dentro de la cocina japonesa o Nikkei en la CDMX, me cuesta no ir. Fue así como llegué a Rekō, un restaurante elegante y contemporáneo ubicado en el primer piso de Alma 390, sobre Paseo de la Reforma. Aunque la zona puede ser caótica entre tráfico y marchas, dentro se siente otra cosa: un ambiente calmado, luz cálida y música que recuerda a los bares japoneses de finales del siglo XX.

La propuesta gastronómica de Rekō es breve pero muy precisa. Hay entradas con guiños México-japoneses, platos fuertes que cruzan Japón, Corea y Tailandia, y una carta de sushi que mezcla técnica tradicional con ingredientes inesperados como chapulines o chocolate oaxaqueño. Sí, nigiris con chocolate oaxaqueño, y sorprendentemente funcionan.

Para abrir el apetito están los Hitoshito Peppers, las gyozas de wagyu con huitlacoche o la tostada de chu-toro, un corte de atún graso que se siente casi sedoso. En los platos fuertes aparecen opciones como el Spicy Udon Carbonara, el Miso Rib Eye o el róbalo marinado en sake con hoja santa, donde la fusión no se siente forzada, sino natural.

Pero el corazón de Rekō está en el sushi. Nigiris, makis y handrolls se trabajan con pescado fresco y combinaciones que van de lo clásico a lo experimental. Entre los imperdibles están el Chu-Toro Wagyu flameado, el Hamachi Negi & Trufa, el Salmón Mantequilloso con ghee y ponzu, el Gunkan de chapulines y, si uno quiere ir un paso más allá, el Hamachi con chocolate oaxaqueño.

Si la idea es probarlo todo sin que la cuenta se vuelva un golpe, el brunch de los sábados es la mejor entrada: de 13:00 a 16:00 horas permite elegir entrada, sopa, plato fuerte y acceso a nigiris, makis y handrolls del menú ilimitados. Todo acompañado de un Tequila Spritz de maracuyá con vino espumoso de tequila que le da un cierre brillante a la experiencia.
Rekō termina siendo más que un restaurante de sushi en la CDMX: es un punto donde la cocina japonesa y asiática contemporánea y la creatividad mexicana se encuentran sin miedo, construyendo algo nuevo sin perder el respeto por la técnica.
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Dirección: Paseo de la Reforma #390, Primer Piso, Colonia Juárez, Ciudad de México, CDMX
Costo por persona: Más de $800 pesos
Horario: Lunes a miércoles de 13:00 a 22:00 hrs., jueves a sábado de 13:00 a 0:00 hrs., domingo de 13:00 a 20:00 hrs.
Instagram: instagram.com/rekomx_

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.