En el extremo más septentrional del Eje Central, donde la ciudad comienza a cambiar de pulso, se encuentra Santiago Atepetlac, uno de los pueblos originarios más antiguos de la Alcaldía Gustavo A. Madero. Junto con Zacatenco y Santa Isabel Tola, este barrio forma parte del cinturón histórico que rodea al Tepeyac, uno de los centros ceremoniales más importantes del México antiguo.

Durante siglos, Santiago Atepetlac fue un punto aparte. No sólo por su antigüedad, sino porque durante mucho tiempo perteneció a la diócesis de Tlalnepantla, en el Estado de México, una rareza administrativa que revela lo difusas que eran las fronteras entre lo que hoy entendemos como ciudad y periferia.

El nombre Atepetlac, de origen náhuatl, suele traducirse como “colina de agua”. En época prehispánica, el sitio fue destino de peregrinaciones rituales. Según la tradición, aquí se buscaban señales vinculadas a Huitzilopochtli, y todavía hoy persiste una leyenda inquietante: la iglesia del barrio estaría conectada mediante túneles con las pirámides de Tenayuca. Quienes han intentado comprobarlo, dice la voz popular, nunca regresaron para contarlo.

Más allá del mito, la arqueología respalda parte del asombro. En la década de 1950, el arqueólogo Horacio Corona documentó que la actual iglesia fue construida directamente sobre una estructura piramidal prehispánica. Otros vestigios encontrados en la zona incluso apuntan a ocupaciones mucho más antiguas, lo que confirma la importancia ritual del lugar mucho antes de la Conquista.

Durante el periodo colonial, Santiago Atepetlac quedó bajo la jurisdicción de la parroquia de San Bartolomé Tizayuca, en Tlalnepantla. Con el tiempo, el pueblo obtuvo su propia parroquia, dedicada a Santiago Apóstol, una advocación ligada a la temprana evangelización franciscana encabezada por los frailes de Santiago Tlatelolco. Esa historia aún se percibe dentro del templo: pinturas coloniales de la Virgen de Guadalupe y de San José conviven con una escultura de Santiago Matamoros, montado sobre su característico caballo blanco.

Caminar hoy por Santiago Atepetlac es atravesar capas de tiempo superpuestas. Bajo el asfalto, la iglesia y las casas, permanece un antiguo centro ceremonial. Y aunque la ciudad moderna lo rodea por completo, el barrio conserva una identidad propia, marcada por la memoria indígena, la fe colonial y las leyendas que siguen respirando entre sus calles.