Los océanos parecen infinitos cuando se observan desde la orilla. Sin embargo, bajo esa inmensidad azul se esconde una realidad cada vez más delicada: muchas especies marinas enfrentan niveles críticos de sobreexplotación debido a décadas de pesca intensiva. En el marco del Día Mundial de la Madre Tierra, Santomar puso sobre la mesa una conversación que gana relevancia dentro de la industria alimentaria y ambiental: la necesidad de transformar la manera en que obtenemos productos del mar.
La discusión no es menor. De acuerdo con datos recientes de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, el 35.5 % de las poblaciones de peces en el mundo se encuentra en niveles de sobreexplotación. La cifra revela una tensión creciente entre el consumo humano y la capacidad de recuperación de los ecosistemas marinos.
Frente a ese panorama, la acuacultura regenerativa aparece como una alternativa que busca disminuir la presión sobre especies silvestres y replantear la relación entre producción alimentaria y conservación ambiental. Esa es la línea que ha seguido Santomar en Baja California Sur, donde desarrolla modelos de cultivo marino enfocados en sustentabilidad y monitoreo ambiental.
Uno de los casos más llamativos es el del huachinango Santomar, correspondiente a la especie Lutjanus peru. La empresa afirma ser la primera en el mundo en lograr el cultivo controlado de este pez, tradicionalmente asociado con la pesca en mar abierto. El proceso se realiza en aguas profundas del Mar de Cortés mediante sistemas supervisados que buscan garantizar trazabilidad, estabilidad y disponibilidad sin depender de capturas extractivas permanentes.
La iniciativa también incluye programas de conservación relacionados con la totoaba, especie emblemática y endémica del Golfo de California que durante años ha enfrentado fuertes amenazas ambientales y tráfico ilegal. A través del proyecto “Totoabas a la mar”, la compañía ha liberado más de 270 mil ejemplares juveniles en el Mar de Cortés con el objetivo de fortalecer las poblaciones naturales de la especie.
Otro ejemplo dentro de este modelo son los ostiones cultivados en la Laguna de San Ignacio, ubicada dentro de la Reserva de la Biosfera El Vizcaíno. Además de su valor gastronómico, estos moluscos funcionan como filtradores naturales que ayudan a mejorar la calidad del agua y favorecen el equilibrio ecológico de la zona, uno de los ecosistemas más importantes del país por su biodiversidad.
Más allá de la producción de alimentos, el debate alrededor de la acuacultura regenerativa abre preguntas más amplias sobre el futuro de los océanos. ¿Es posible alimentar a una población creciente sin vaciar los mares? ¿Cómo equilibrar consumo, industria y conservación? En medio de esas discusiones, proyectos como el de Santomar intentan demostrar que la relación con el océano puede construirse desde otra lógica: una menos extractiva y más cercana a la regeneración ambiental.
En tiempos donde el impacto ecológico de la alimentación ocupa cada vez más espacio en la conversación pública, el mar deja de ser únicamente una fuente de recursos para convertirse también en un territorio que exige cuidado, paciencia y nuevos modelos de convivencia.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.