Justo frente a la Plaza de la Constitución, en el centro de Tlalpan, se alza uno de los templos más antiguos y emblemáticos del sur de la Ciudad de México: el Templo de San Agustín de las Cuevas. Aunque su construcción actual data del siglo XVII, su historia se remonta hasta el año 1532, cuando los primeros frailes franciscanos comenzaron a edificar una pequeña ermita dedicada a la Virgen del Rosario.
De pueblo aliado a ciudad con nombre propio
Antes de llamarse Tlalpan, este lugar era conocido simplemente como San Agustín, en honor al santo al que se dedicó el templo. El nombre de Tlalpan no se oficializó sino hasta 1855, más de tres siglos después de la llegada de los primeros misioneros. Curiosamente, durante la Conquista, los habitantes del lugar se aliaron con los xochimilcas y los españoles, y esa lealtad les valió una cierta autonomía dentro del antiguo dominio de Xochimilco.
Una construcción que guarda siglos de fe
La iglesia que vemos hoy comenzó a construirse en 1637 y quedó lista en 1647. Es una obra imponente de tres naves, con una fachada decorada con estuco y un diseño arquitectónico que mezcla sobriedad y elegancia. El templo no vino solo: lo acompañó un convento anexo, lo que convirtió al conjunto en uno de los más importantes del sur de la ciudad.
A lo largo del tiempo, el templo ha sido modificado en varias ocasiones. Una de sus curiosidades más entrañables fue un reloj de hierro traído desde España, instalado en 1830. Este reloj marcó el paso del tiempo en el pueblo durante más de un siglo, hasta que dejó de funcionar en 1932 y desapareció misteriosamente poco después.
Capillas, arte sacro y nombres que cambian
En su interior, el templo guarda capillas dedicadas a diferentes advocaciones marianas. Al sur se encuentra la Capilla de la Virgen del Rosario, construida en estilo plateresco y considerada la parte más antigua del conjunto. Al norte, la Capilla de Nuestra Señora de los Dolores resguarda una valiosa colección de esculturas y pinturas de santos que datan de entre los siglos XIV y XVI.
Las calles también tienen su historia. Donde hoy se encuentra el templo, la vía principal ha cambiado de nombre varias veces: primero fue la Calle Real, luego Guadalupe, después Ferrocarril durante el porfiriato, y finalmente fue nombrada en honor a Francisco I. Madero tras la Revolución Mexicana.
Un templo que sigue siendo punto de encuentro
El Templo de San Agustín no solo es una joya arquitectónica, también es un símbolo vivo de identidad y comunidad. Su plaza, su atrio y sus espacios religiosos siguen siendo punto de encuentro para fieles, visitantes y amantes de la historia.
Si caminas por el Centro de Tlalpan, este templo no solo te sorprenderá por su belleza, sino por la sensación de paz y memoria que conserva entre sus muros. Es un espacio donde el pasado colonial, las transformaciones urbanas y la devoción popular siguen latiendo con fuerza.

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