Pocas construcciones en el Centro Histórico de la Ciudad de México han tenido una vida tan intensa y cambiante como el Templo de San Agustín. Ubicado a unos pasos de importantes recintos culturales, este edificio ha sido convento, colegio, iglesia, biblioteca nacional y hasta imprenta. Entre incendios, reformas y descubrimientos arqueológicos, guarda siglos de historia bajo sus muros.

Un templo que sobrevivió al fuego y al paso del tiempo

La historia del templo comienza en 1541, cuando los frailes agustinos llegaron a la Nueva España y colocaron la primera piedra del convento. No fue sino hasta 1587 que se terminó de construir la iglesia original. Sin embargo, la noche del 11 de diciembre de 1676, un incendio lo redujo a cenizas. A pesar de la tragedia, la reconstrucción comenzó al año siguiente bajo el mando del virrey Fray Payo Enríquez de Rivera, y el nuevo templo se inauguró en 1692.

El edificio actual es de estilo dórico-romano, con detalles renacentistas. Tiene una estructura cuadrada, tres naves, ocho capillas y una fachada sobria que da testimonio del poder de la arquitectura virreinal. En su interior albergó a muchos personajes clave en el desarrollo del arte, la ciencia y la educación en el México colonial.

De convento a centro del saber

San Agustín no solo fue lugar de oración. En sus días como convento, también funcionó el Colegio del Santísimo Nombre de Jesús, donde se enseñaba a leer y escribir tanto a españoles como a indígenas. Muchos frailes agustinos fueron reconocidos por su trabajo educativo y su participación en la Universidad de México.

Con las Leyes de Reforma en el siglo XIX, el recinto fue expropiado y vendido en partes. Sin embargo, en 1867, el presidente Benito Juárez decretó la creación de la Biblioteca Nacional de México, eligiendo este templo como su sede. Así, el antiguo convento se convirtió en un lugar dedicado al conocimiento y resguardo de documentos históricos durante más de 100 años, hasta 1979.

Redescubierto desde las entrañas

El paso del tiempo y el abandono dejaron huella. Algunas secciones se usaron como almacén, imprenta o basurero. Pero en 1957, los agustinos recuperaron parte del antiguo claustro y reconstruyeron desde cero una pequeña iglesia, que sigue en funciones hasta hoy.

En 2019, arqueólogos del INAH realizaron excavaciones que revelaron entierros humanos y restos arquitectónicos que ayudaron a entender mejor la evolución del templo. Estos hallazgos confirmaron que el lugar no solo fue testigo de momentos históricos, sino también espacio sagrado durante siglos.

¿Qué sigue para San Agustín?

Aunque la biblioteca fue trasladada y algunas áreas del convento siguen cerradas, el recinto continúa siendo punto de interés por su importancia patrimonial. Se han propuesto proyectos para convertirlo en un museo de lenguas indígenas, una forma de devolverle su vocación educativa y cultural. Mientras tanto, parte de sus espacios siguen esperando la siguiente etapa en su larga vida.

El Templo de San Agustín no solo es uno de los más antiguos de la ciudad; es también un símbolo de resiliencia, conocimiento y transformación. Un lugar donde convivieron la fe, las letras y la historia, y que aún tiene muchas historias por contar.