En la esquina donde Paseo de la Reforma se encuentra con avenida Hidalgo, a un costado de la Alameda Central, se levanta uno de los templos más cargados de historia y simbolismo de la Ciudad de México. El templo de San Hipólito y Casiano, conocido popularmente como el templo de San Judas Tadeo, es hoy un epicentro de peregrinación masiva, pero su origen se remonta a los episodios más decisivos y violentos del nacimiento de la ciudad colonial.

Cada 28 de octubre, y también el día 28 de cada mes, miles de personas cruzan sus puertas cargando imágenes, veladoras y promesas. Muchxs llegan sin conocer que este recinto fue erigido para conmemorar la caída de Tenochtitlán y que durante siglos fue un espacio clave en la memoria política, religiosa y urbana de la capital.

De la Noche Triste a la construcción de un templo conmemorativo

El templo de San Hipólito y Casiano se levanta en un sitio asociado a la llamada Noche Triste, ocurrida el 1 de julio de 1520, cuando las fuerzas españolas fueron derrotadas por los mexicas durante su huida por la calzada México-Tacuba. Tras la toma definitiva de Tenochtitlán en 1521, Hernán Cortés ordenó la construcción de una pequeña ermita para honrar a los españoles caídos en ese punto, conocida como la ermita de los mártires.

La dedicación a San Hipólito no fue casual. La caída de la ciudad mexica ocurrió el 13 de agosto, día consagrado a este santo, quien durante el Virreinato llegó a ser considerado patrono de la Ciudad de México. A partir de 1599 comenzó la edificación del templo formal, aunque las obras se extendieron durante décadas y no concluyeron sino hasta 1740, tras interrupciones, falta de recursos y daños ocasionados por sismos.

Arquitectura entre el clasicismo y la memoria colonial

El templo presenta una fachada de estilo clasicista dividida en tres cuerpos. En el primero se abre el acceso principal con un arco de medio punto, flanqueado por nichos y columnas toscanas. En el segundo cuerpo aparece la figura de San Hipólito tallada en cantería, acompañada por San Antonio Abad y San Antonio de Padua. En el tercero, un vitral del siglo XX representa a la Virgen María.

Dos torres flanquean la fachada, construidas con un giro de 45 grados respecto al eje del templo, un detalle poco común en la arquitectura religiosa de la ciudad. El interior está compuesto por una sola nave con brazos en forma de cruz latina, cubierta por bóvedas y una cúpula octagonal con tambor y linternilla que destaca por su elegancia. Los muros, hechos de tezontle, cal y canto, conservan la huella material del periodo colonial.

El monumento del atrio y la leyenda del labrador

En el atrio del templo se encuentra un monumento esculpido por José Damián Ortiz de Castro que recuerda la mortandad de españoles durante la Noche Triste. La escultura muestra a un águila levantando a un indígena entre sus garras y está acompañada por una inscripción que resume el origen del templo.

Este monumento dio pie a la llamada leyenda del labrador, recogida por cronistas como fray Diego Durán. El relato cuenta cómo un campesino fue llevado por un águila ante un Moctezuma insensible, castigado por su soberbia, como una advertencia divina sobre el destino que se avecinaba. La leyenda mezcla cosmovisiones indígenas, lectura cristiana de la Conquista y el uso simbólico del espacio donde hoy se alza el templo.

Hospital, hospicio y espacio social

Desde el siglo XVI, el conjunto de San Hipólito incluyó un hospital destinado a pobres, enfermos mentales, ancianos y personas sin recursos, administrado por los Hermanos de la Caridad, la primera orden religiosa mexicana. A lo largo del tiempo, este hospital tuvo múltiples usos, fue cuartel, hospital municipal y espacio educativo, y sufrió importantes transformaciones urbanas, especialmente con la apertura de la calle Héroes y más tarde con la construcción del Metro Hidalgo.

En 1931, el templo fue declarado Monumento Nacional, reconociendo su valor histórico y arquitectónico dentro del Centro Histórico de la Ciudad de México.

De San Hipólito a San Judas Tadeo el cambio de devoción

Aunque durante siglos el templo estuvo dedicado a San Hipólito y San Casiano, el culto a San Hipólito se fue diluyendo tras la Independencia de México. Fue a mediados del siglo XX cuando la devoción a San Judas Tadeo comenzó a ganar fuerza, impulsada en parte por comunidades migrantes que conocieron este culto en Estados Unidos.

En la década de 1950 se habilitó una capilla dedicada a San Judas Tadeo y en 1982 su imagen fue colocada en el altar principal. Desde entonces, el templo se transformó en el principal punto de reunión para los devotos del santo de las causas difíciles, redefiniendo el sentido social del recinto.

Hoy, miles de personas vestidas de verde y blanco, cargando imágenes y agradecimientos, ocupan cada 28 las calles aledañas. La fe convive con la historia, y el templo de San Hipólito y Casiano se mantiene como un espacio donde la Ciudad de México dialoga con su pasado colonial, su religiosidad popular y su vida urbana contemporánea.