Wenses y Lala fueron vecinos desde pequeños. A los cinco años, él se iba al jardín para ver a la “nena” de tres años en la casa de al lado. Los dos crecieron sabiendo de la existencia del otro, pero no hablaron durante años, hasta aquel trágico día en el que ella fue a la tiendita de la mamá de Wenses en el peor de los momentos; y es que el perro de la familia había decidido que quería morder a Lala. Wenses, al ver lo que su mascota había hecho, tomó a Lala en sus brazos y corrió varios kilómetros hasta llegar al médico del pueblo.
A partir de ese momento, Wenses y Lala desarrollaron una profunda amistad; una relación de complicidad y cariño que fue creciendo poco a poco. Pero, aunque todo era tranquilidad en aquel pueblo perdido en algún lugar del estado de Puebla, ocurrió lo peor: una tragedia tan grande que orilló a los dos niños a vivir bajo el mismo techo y enfrentarse a la vida real a pesar de aún ser infantes. Este reto, en vez de llevarlos al conflicto, solo logró fortalecer su relación, haciendo que esa amistad se convirtiera en una gran historia de amor.
Wenses y Lala es una obra de teatro sobre la vida, vista desde el amor. Una puesta en escena que narra la historia de dos personas cuya existencia se entrelaza a través de diferentes formas de amar, todo desde una comedia reconfortante. De esas comedias que, aunque hablan de temas complejos o dramáticos, alivian porque permiten entender la vida con otros ojos. No por nada, esta obra se ha ganado el cariño del público mexicano, acumulando más de doce años de éxito.
Debo confesar que, desde que anunciaron el primer estreno de la obra, tenía ganas de verla, pero por cuestiones del destino no había podido hacerlo. Por suerte, este 14 de febrero la reestrenaron en el Teatro Royal Pedregal y, sin pensarlo dos veces, me lancé con mi pareja. ¿Por qué quería verla? Primero, porque me gusta mucho el trabajo de Adrián Vázquez desde que lo vi actuar en Más pequeños que el Guggenheim; y, en segundo lugar, porque me tocó asistir a la primera entrega de los Premios Metropolitanos de Teatro (2018), donde esta obra se llevó la noche al ganar Mejor Obra, Mejor Dramaturgia y Mejor Actuación. Además, esa misma noche presentaron una breve escena —una de las pocas canciones del montaje— que me hizo pensar que sería una historia tierna y profunda.
Después de doce años queriendo verla, descubrí que la obra era muy diferente a lo que imaginaba. Gracias a aquella escena y a las imágenes promocionales, siempre pensé que sería un drama muy solemne. Y sí, es una obra dramática, pero está abordada desde una comedia muy agradable que mantiene al público riendo en cada momento. Por si fuera poco, la puesta rompe en varias ocasiones con la cuarta pared —los personajes hablan directamente con el público— de una forma ingeniosa, improvisando constantemente, lo que la hace todavía más entretenida.
Dejando a un lado mi impresión sobre el género, vale la pena hablar de la puesta en escena como tal. Un detalle que me encantó es que prácticamente no necesita escenografía: el proscenio está completamente desnudo, mostrando únicamente un fondo negro que es invadido por una simple banca de madera blanca donde ambos personajes permanecen sentados durante las dos horas que dura la obra. Pero no vayas a pensar que ver a dos personas sentadas durante tanto tiempo resulta pesado; la forma en que se desarrolla la historia, así como las actuaciones de Sofía Sylwin y Adrián Vázquez, están tan bien construidas que todo se siente fluido y el tiempo pasa sin notarse.
Lo que hace especial a Wences y Lala es la manera en que demuestra que las grandes historias no necesitan artificios espectaculares, sino personajes capaces de sostener el escenario con su humanidad. Entre risas, silencios y recuerdos, la obra nos recuerda que el amor no siempre llega como una revelación fulminante; a veces se construye lentamente, en los pequeños gestos cotidianos que terminan convirtiéndose en destino.
Al final, el público sale del teatro con la sensación de haber escuchado una historia íntima contada al oído, una que habla de pérdidas, resistencia y ternura, pero sobre todo de la capacidad que tienen dos personas de acompañarse incluso cuando el mundo parece desmoronarse. Quizá por eso, después de tantos años en cartelera, la obra sigue encontrando nuevos espectadores que descubren en ella un espejo inesperado.
Datos Generales
Lugar: Teatro Royal Pedregal (Hotel Royal Pedregal) – Anillo Periférico (Blvd. Adolfo Ruiz Cortines) #4363, Col. Jardines en la Montaña, Ciudad de México, CDMX
Costo del Boleto: $600 pesos
Funciones: Sábados 20:00 hrs., y domingos 18:00 hrs.
Dramaturgia: Adrián Vázquez
Dirección: Adrián Vázquez y Sofía Sylwin

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.