Durante años, en distintos puntos de la Ciudad de México, comenzaron a aparecer escenas que parecían aisladas: mujeres mayores encontradas sin vida en sus hogares, sin señales evidentes de irrupción violenta, con objetos faltantes y una inquietante similitud en la forma de morir.
Al principio, los casos flotaban como piezas sueltas en el tablero. Pero algo empezó a repetirse con la precisión de un reloj siniestro: todas las víctimas eran ancianas, muchas vivían solas, y el acceso al domicilio había sido concedido voluntariamente. La muerte, casi siempre, llegaba por estrangulamiento.
Fue entonces cuando la policía comenzó a sospechar que no se trataba de coincidencias, sino de un patrón. Un mismo pulso oscuro recorriendo la ciudad.
El rompecabezas criminal que confundió a las autoridades
A medida que los casos aumentaban, la presión mediática crecía. Sin embargo, la investigación avanzaba a tientas. Testigxs ofrecían versiones contradictorias: algunxs hablaban de un hombre disfrazado de mujer; otrxs, de una mujer corpulenta con ropa llamativa.
El perfil criminal apuntaba hacia un hombre. La lógica estadística lo respaldaba. Incluso especialistas como Feggy Ostrosky contribuyeron a delinear la imagen de un asesino masculino, posiblemente con doble vida, carismático y metódico.
La narrativa parecía sólida. Demasiado sólida.
En medio de la confusión, surgieron teorías que rozaban lo obsesivo: ¿eran dos asesinos?, ¿existía una secta?, ¿qué significaba la presencia de reproducciones de Niño en Chaleco Rojo (pintura de Paul Cézanne) en algunas casas?
La investigación se convirtió en un laberinto donde cada pista abría otra duda.
La excepción que rompió el perfil
El error fue profundo y silencioso: nadie estaba buscando a una mujer.
Mientras la policía perseguía una sombra masculina, la verdadera autora de los crímenes caminaba entre la multitud sin levantar sospechas. Su género no solo la protegía: la volvía invisible dentro de un sistema que no contemplaba esa posibilidad.
La asesina utilizaba esa invisibilidad como herramienta. Se presentaba como enfermera o trabajadora social, prometía apoyos económicos y ganaba la confianza de sus víctimas. Luego, en la intimidad del hogar, el ritual se repetía.
El error mínimo que llevó a la captura
Toda maquinaria, por perfecta que parezca, tiene una grieta.
El 25 de enero de 2006, en la colonia Moctezuma (calle José I. Jasso #21), el ciclo se rompió. Tras asesinar a una mujer de 89 años, la agresora intentó huir. Pero alguien llegó antes de tiempo. Un testigo la vio salir, alertó a la policía y, tras una breve persecución, fue detenida.
Su nombre era Juana Barraza Samperio.
La revelación fue brutal: la figura que durante años había sido imaginada como un hombre era, en realidad, una mujer de 48 años.
Además, la ciencia ya había comenzado a cerrar el cerco. Una huella dactilar dejada tiempo atrás en una fotografía permitió que el sistema AFIS confirmara su identidad. La evidencia física, fría e irrefutable, resolvió lo que el perfil psicológico no pudo.
Breve biografía de una vida marcada por la violencia
Juana Barraza nació en Epazoyucan, Hidalgo, en 1957. Su infancia estuvo atravesada por el abuso, la pobreza y el abandono. Fue madre de varios hijos y tuvo una vida marcada por trabajos informales.
Durante años, se creyó que había sido luchadora profesional bajo el nombre de “La Dama del Silencio”, aunque después se aclaró que su vínculo con la lucha libre era más aspiracional que real. Aun así, adoptó esa identidad como una máscara simbólica.
También tenía conocimientos básicos de enfermería, lo que le permitió construir una fachada creíble para acercarse a sus víctimas.
En su propia declaración, vinculó sus crímenes con el resentimiento hacia su madre, trasladando ese odio hacia las mujeres mayores que asesinó.
Las controversias que aún rodean el caso
A pesar de su captura y condena a 759 años de prisión, el caso sigue envuelto en zonas grises.
Juana confesó algunos asesinatos, pero negó otros. Habló de posibles cómplices que nunca fueron plenamente identificados. Durante la investigación, incluso hubo personas detenidas erróneamente.
El perfil inicial falló de manera estrepitosa, lo que abrió un debate sobre los sesgos de género en la criminología. ¿Cuántos errores se cometieron por no considerar que una mujer podía ejercer ese tipo de violencia?
Además, persiste la duda sobre el número real de víctimas. Aunque oficialmente se le atribuyen 17 asesinatos, durante la investigación se le vinculó con decenas más.
Su historia también ha sido absorbida por la cultura popular, transformándose en series, libros y documentales como La Dama del Silencio, lo que ha generado una tensión constante entre el análisis y el sensacionalismo.
Una huella más allá del crimen
El caso de Juana Barraza dejó una lección incómoda: el mal no siempre se ajusta a las categorías que usamos para entenderlo.
Durante años, la policía buscó un perfil. Pero fue una huella, diminuta y persistente, la que reveló la verdad.
Y en ese contraste, entre lo que creemos saber y lo que realmente ocurre, se esconde una de las historias criminales más perturbadoras de México.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.