En la colonia Roma, entre cafeterías de especialidad y edificios recién estrenados, hay una dirección que parece respirar en otro tiempo: Avenida Sonora 80. Ahí se levanta, discreta pero terca, la llamada Casona de Fidel, una construcción que sobrevivió más de un siglo… y a una historia que muchxs prefieren no contar de noche.

El origen de la leyenda que aún inquieta a la colonia Roma

Durante décadas, la casona fue una residencia más. Pero en los años setenta, algo cambió. La historia señala a un joven llamado Fidel, quien vivía ahí con sus abuelos. Tras la muerte de sus padres, su conducta comenzó a transformarse como una grieta que se abre lentamente en una pared antigua.

Lxs vecinxs empezaron a notar movimientos extraños: visitas nocturnas, música que emergía del sótano como si viniera de otra época, reuniones que no parecían fiestas sino ceremonias. En pleno auge del miedo colectivo que luego alimentaría el llamado pánico satánico de los ochenta, la narrativa creció: se hablaba de rituales, símbolos y prácticas oscuras.

Y entonces, el silencio.

Pasaron semanas. Tal vez meses. Nadie vio salir a Fidel ni a sus abuelos. Hasta que un olor espeso, imposible de ignorar, comenzó a filtrarse por las rendijas de la casa.

El hallazgo que convirtió la casa en mito

Cuando finalmente las autoridades entraron, encontraron una escena que alimentaría la leyenda durante décadas. Los abuelos de Fidel yacían sin vida, colocados en su cama. Fidel, según el relato, había terminado con su propia vida, dejando atrás una carta de despedida.

Desde entonces, la casa dejó de ser solo una dirección. Se convirtió en una historia que muta cada vez que alguien la cuenta.

Algunxs aseguran que los detalles fueron exagerados con el tiempo. Otrxs insisten en que lo que ocurrió ahí fue apenas la superficie de algo más oscuro.

Ruidos, pasos y música que nadie pone

Hasta hace poco, la casona seguía en pie, rodeada por la modernidad que avanza como una marea de concreto. Aunque el inmueble estuvo ocupado, quienes pasan cerca hablan de sonidos que no encajan con la vida cotidiana: pasos en habitaciones vacías, puertas que se cierran sin viento, fragmentos de música antigua que flotan en el aire como si alguien hubiera dejado encendido un tocadiscos invisible.

Hay quienes juran que, al asomarse desde ciertos ángulos, se alcanzaban a ver símbolos dibujados en el interior: pentagramas, cenizas, rastros de algo que nunca fue completamente limpiado.

Cuando la radio encendió el miedo colectivo

La leyenda encontró un nuevo impulso en los años noventa gracias al programa La Mano Peluda. El conductor Juan Ramón Sáenz y su equipo decidieron transmitir desde una casona asociada con este relato.

Lo que ocurrió durante esa emisión quedó grabado en la memoria de quienes lo escucharon: intentos de contacto con lo desconocido, fallas técnicas inexplicables y una atmósfera que, incluso a través del radio, parecía cargada.

Desde entonces, la Casona de Fidel no solo pertenece al barrio. También vive en el imaginario colectivo de la Ciudad de México.

Entre la historia y el susurro

No hay pruebas concluyentes de rituales sectarios. Tampoco certeza absoluta sobre cada detalle del crimen. Pero la leyenda persiste, como una sombra que no necesita cuerpo para existir.

Quizá la Casona de Fidel es, en el fondo, un espejo: refleja los miedos de cada época. En los setenta, la rebeldía y el exceso. En los ochenta, el temor a lo oculto. Hoy, el inquietante recordatorio de que, incluso en una ciudad que nunca duerme, hay lugares donde algo parece seguir despierto.

Y si pasas por Avenida Sonora 80, tal vez no veas nada fuera de lo normal.

Pero hay quienes aseguran que algo en ese terreno te te ve a ti.