En una de las esquinas más antiguas del sur de la Ciudad de México, donde hoy se cruzan Francisco Sosa y Avenida Universidad, sobrevive un puente que parece resistirse al paso del tiempo. Es pequeño, discreto, casi fácil de ignorar entre el tránsito y el ir y venir cotidiano. Pero ese arco de piedra, levantado en 1763 para cruzar el Río Magdalena, guarda una historia que no todxs se atreven a contar cuando cae la noche.
Su nombre oficial es Puente de Altillo, aunque la memoria colectiva lo bautizó de otra forma: Puente de Panzacola. Así lo inmortalizó el pintor José María Velasco en el siglo XIX, siguiendo la mirada de su maestro Eugenio Landesio, como si ambos supieran que ese rincón merecía algo más que ser un simple paso entre caminos.
Durante siglos, este puente fue la entrada al antiguo barrio de Panzacola, hoy Santa Catarina, y punto obligado para quienes viajaban entre la Ciudad de México y San Ángel. A un costado, el templo de San Antonio vigilaba el paso, y sobre el puente, una imagen de piedra del santo parecía bendecir a quienes cruzaban.
Hasta que dejó de hacerlo.
Corría el año de 1825 cuando un charro, acompañado por la ronda que cuidaba el camino, decidió demostrar su habilidad con el lazo. Eligió como blanco la imagen de San Antonio. Lanzó, giró, tensó… y la derribó. La piedra cayó. El silencio también.
Dicen que, en ese mismo instante, algo más se rompió.
El charro no salió ileso. El lazo le destrozó los dedos en un accidente tan absurdo como inmediato. Para muchxs, fue castigo divino. Para otrxs, fue advertencia.
Porque a partir de ese día, el puente cambió.
Los accidentes comenzaron a acumularse como ecos mal colocados en el tiempo. Carruajes que perdían el control sin razón aparente. Caballos que se negaban a cruzar. Uno de los casos más recordados fue el del general Mariano García Conde, cuyo carruaje sufrió un percance en ese mismo punto. Años después, junto al río, el fusilamiento del llamado “plagiario Tovar” sumó otra capa de tragedia al lugar.
Pero la gente de Panzacola no hablaba solo de accidentes.
Hablaban de algo más.
Decían que, al caer la imagen del santo, el puente quedó desprotegido… y que aquello que había permanecido contenido encontró la forma de salir. Un ente antiguo, caprichoso, que comenzó a recorrer el lugar con una intención clara: jugar con el destino de quienes lo cruzaban.
Así nació la leyenda del Diablo de Coyoacán.
No se presenta de una sola forma. A veces es una sombra que se estira demasiado sobre el empedrado. Otras, un hombre elegante que aparece en medio de la noche, observando en silencio antes de desaparecer al dar la vuelta. Hay quienes aseguran que se manifiesta como una figura apenas visible sobre el puente, justo donde alguna vez estuvo la imagen de San Antonio.
Pero sus juegos siempre siguen el mismo patrón.
A los hombres que cruzan solos de noche, los confunde. Les hace perder el rumbo, los obliga a dar vueltas sin sentido, como si el puente se alargara más de lo que debería. Algunos juran haber escuchado pasos detrás de ellos, sincronizados con los suyos, hasta que el sonido se detiene… justo cuando sienten un aliento en la nuca.
A las mujeres, en cambio, las seduce.
Se aparece como un desconocido de voz suave, de mirada imposible de sostener demasiado tiempo. Habla poco, pero lo suficiente para dejar una sensación extraña, una mezcla de atracción y peligro. Quienes han tenido ese encuentro dicen que, al intentar recordar su rostro, algo se borra. Como si nunca hubiera estado ahí… o como si nunca hubiera sido humano.
Y luego están los accidentes.
Pequeños, grandes, inexplicables. Aún hoy, entre coches modernos y semáforos, hay momentos en que algo falla. Un freno que no responde. Una distracción repentina. Un segundo que se estira más de lo normal. Y siempre, justo ahí, sobre el viejo puente de piedra.
El Puente de Panzacola sigue en pie, declarado monumento histórico, testigo de siglos de historia, arte y transformación urbana. Es el último de los puentes virreinales que sobreviven en la ciudad, un vestigio de otro tiempo que se niega a desaparecer.
Quizá por eso, algunxs creen que no todo lo que habita en él pertenece al presente.
Hoy, la leyenda del Diablo de Coyoacán se cuenta cada vez menos. Se diluye entre el ruido de la ciudad, entre la prisa, entre la luz artificial que pretende domesticar la noche.
Pero basta cruzar ese puente en silencio, cuando el flujo de gente se desvanece y el Río Magdalena murmura apenas bajo la piedra, para entender algo:
hay lugares que no olvidan.
Y hay presencias que, aunque ya no se nombren, siguen esperando a que alguien cruce… para jugar una vez más.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.