En la vasta geografía urbana de la Ciudad de México, hay historias que no nacen del mito, sino de la realidad más inquietante. Casos que parecen sacados de una novela oscura, pero que ocurrieron en departamentos comunes, en calles transitadas, en espacios donde nadie imaginaría lo que se ocultaba detrás de una puerta cerrada.
Uno de esos casos es el de Miguel Cortés Miranda, conocido como el Químico Feminicida de Iztacalco. Su historia no solo impactó por la brutalidad de los hechos, sino por el contraste inquietante entre su vida pública y su verdadera identidad.
Formado como químico bacteriólogo parasitólogo en la Instituto Politécnico Nacional, Cortés Miranda construyó una imagen de hombre preparado, culto y aparentemente comprometido con causas sociales. En redes sociales compartía poesía, reflexiones personales e incluso posturas a favor de los derechos de los animales y de distintos movimientos sociales. Para vecinxs, colegas y conocidxs, era alguien “normal”, incluso tranquilo.
Pero esa normalidad era apenas una fachada cuidadosamente sostenida.
De acuerdo con las investigaciones, sus crímenes se extendieron durante años. Sus víctimas eran, en muchos casos, personas cercanas o dentro de su entorno: estudiantes, compañeras de trabajo, mujeres en situación vulnerable. La selección no respondía a un patrón visible para el exterior, lo que dificultó durante mucho tiempo que se estableciera una conexión clara entre los casos.
El punto de quiebre llegó en abril de 2024, cuando su último crimen detonó una reacción inmediata. Tras atacar a una menor dentro de su domicilio (ubicado en Cda. 16 de Septiembre, La Cruz Coyuya), fue sorprendido en el acto. Los gritos de auxilio alertaron a vecinxs y familiares, quienes lograron intervenir y retenerlo mientras llegaban las autoridades. Ese momento, caótico y desesperado, fue lo que finalmente rompió el silencio que había rodeado su vida.
La detención permitió descubrir algo mucho más perturbador.
Durante el cateo de su vivienda, las autoridades encontraron restos humanos, objetos personales de posibles víctimas, materiales químicos y herramientas que apuntaban a una actividad sistemática y prolongada. Lo que parecía un caso aislado comenzó a revelarse como una cadena de crímenes que se remontaba, presuntamente, a más de una década.
El impacto mediático fue inmediato. El caso sacudió a la opinión pública no solo por la violencia de los hechos, sino por la pregunta inevitable: ¿cómo alguien con esa vida aparente pudo sostener durante tanto tiempo una realidad paralela?
Los perfiles psicológicos elaborados posteriormente apuntaban a rasgos de psicopatía, narcisismo y una capacidad notable para manipular la percepción de quienes lo rodeaban. Un encanto superficial que funcionaba como máscara, permitiéndole moverse sin levantar sospechas.
Sin embargo, el proceso judicial quedó inconcluso.
En abril de 2025, mientras se encontraba en reclusión, Miguel Cortés Miranda murió tras un paro cardiorrespiratorio, en circunstancias que aún generaron dudas. Su fallecimiento ocurrió antes de que pudiera recibir sentencia, dejando abiertas múltiples interrogantes y, sobre todo, una sensación de justicia incompleta.
Hoy, su nombre permanece como un recordatorio incómodo de las grietas que pueden existir en la vida cotidiana. No como una figura legendaria, sino como un caso real que evidenció la vulnerabilidad de muchas mujeres y la complejidad de detectar este tipo de violencia.
Porque, a diferencia de los relatos de terror tradicionales, aquí no hay espectros ni apariciones.
Lo que hay es algo más difícil de asimilar: la certeza de que el horror, a veces, no necesita ocultarse en la oscuridad.
Puede convivir con nosotros, disfrazado de normalidad.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.