En la Ciudad de México del siglo XIX, donde la medicina aún tanteaba los límites entre la ciencia y lo desconocido, ocurrió un caso que dejó perplejos a médicos, autoridades y a toda la opinión pública. Fue el 28 de agosto de 1839, en el entonces Hospital de San Andrés, un lugar clave en la formación médica del país y hoy convertido en el Museo Nacional de Arte (MUNAL).
Ese día, un paciente identificado como N. Torres protagonizó un episodio que rápidamente se convirtió en noticia nacional. Según los reportes de la época, el hombre expulsó de su cuerpo una bolsa similar a una vejiga que contenía varias lombrices. Hasta ahí, el hecho podía encontrar explicación dentro de las enfermedades intestinales conocidas.
Lo inquietante vino después.
Dos de esas formaciones presentaban una configuración sorprendentemente similar a pequeños perros, de apenas dos pulgadas de tamaño, mientras que otra parecía tener la forma de un borrego. Las descripciones insistían en que las semejanzas eran lo suficientemente claras como para no ser ignoradas, “atendidas escrupulosamente las formas que presenta”.
La prensa no tardó en hacer lo suyo. El caso fue bautizado con un nombre que todavía resuena: “el hombre que parió perros”.
El escándalo creció al punto de llegar a oídos del entonces presidente Anastasio Bustamante, quien ordenó una reunión urgente del cuerpo médico para investigar el fenómeno. Los restos fueron puestos bajo resguardo del doctor Miguel Salvatierra, mientras la comunidad científica intentaba descifrar lo ocurrido.
Las primeras conclusiones buscaron desmontar la idea de un “alumbramiento” en el sentido literal. Era evidente que, por razones biológicas, N. Torres no podía haber parido. Sin embargo, eso no resolvía el misterio de las formas encontradas. La hipótesis más aceptada apuntó a una infección parasitaria con deformaciones inusuales, un fenómeno natural llevado al extremo.
Pero en una época donde la ciencia convivía con la fe, el asombro tomó otros caminos.
Muchxs vieron en el suceso una señal divina, una advertencia o incluso una prueba de que el cuerpo humano aún ocultaba secretos inexplorados. Otrxs, más escépticxs, lo entendieron como un caso que, más allá de su rareza, podría aportar conocimiento para aliviar enfermedades futuras.
Lo cierto es que el caso de N. Torres quedó registrado como uno de los episodios más extraños en la historia médica de México. No solo por lo que ocurrió dentro del cuerpo de un hombre, sino por lo que provocó fuera de él: una ciudad entera suspendida entre la incredulidad, la curiosidad y el miedo.
Hoy, bajo los muros elegantes del MUNAL, pocxs imaginan que ahí, hace casi dos siglos, un evento así puso en jaque a la razón.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.