En la antigua Ciudad de México, donde las campanas marcaban el ritmo de la vida y las supersticiones caminaban de la mano de la fe, un gato desató el caos dentro del Templo de San Antonio Abad. Lo que comenzó como una sencilla bendición de animales terminó convertido en una historia que durante décadas alimentó rumores sobre demonios, posesiones y castigos divinos.
La escena ocurrió el 17 de enero de 1826, día dedicado a San Antonio Abad, santo protector de los animales. Desde tiempos virreinales, era tradición que los habitantes llevaran caballos, perros, aves, mulas e incluso gatos al templo para recibir agua bendita y protección. El ambiente alrededor de la iglesia se transformaba en una feria popular: vendedores ambulantes, rezos, olor a cera derretida y filas de personas esperando el turno de sus animales frente al sacerdote.
Pero aquel año algo salió de control.
Cuenta la leyenda que un muchacho llegó cargando un gato oscuro y nervioso. El animal maullaba con furia mientras avanzaban hacia el altar improvisado donde el cura realizaba las bendiciones. Algunxs testigxs aseguraban que el gato tenía la mirada “extraña”; otrxs decían que simplemente parecía asustado por el bullicio.
Cuando el sacerdote levantó el hisopo y lanzó el agua bendita, el gato reaccionó de inmediato.
El animal se abalanzó sobre el rostro del cura con una violencia inesperada. Las garras dejaron arañazos y el sacerdote cayó entre gritos mientras el gato escapaba saltando entre las piernas de lxs asistentes. El caos se extendió en segundos. La multitud, aterrorizada, comenzó a gritar que el animal estaba poseído.
En aquella época, muchas personas creían que la bendición de San Antonio Abad no solo protegía a los animales, sino que también expulsaba espíritus malignos. Bajo esa lógica, el ataque del gato era una prueba evidente de que el demonio había reaccionado ante el poder del agua bendita.
La noticia se propagó rápidamente por la ciudad. Algunxs aseguraban que el gato había hablado con voz humana antes de huir. Otrxs juraban haberlo visto correr hacia las acequias del sur, perdiéndose entre la neblina. Con el paso del tiempo, la historia creció como suelen hacerlo las leyendas urbanas: cada narrador añadió nuevos detalles, nuevos terrores y nuevas advertencias.
El escenario de esta historia ya cargaba siglos de memoria y misterio. El Templo de San Antonio Abad se levantaba en una zona que, antes de la conquista, había pertenecido al antiguo calpulli de Tocititlán, dedicado a la diosa Toci. Mucho después, en el siglo XVI, Alonso Sánchez impulsó la construcción de una pequeña ermita dedicada a San Antonio. Con el tiempo llegaron los antoninos, religiosos encargados de atender enfermos del llamado “mal de San Antón”, y el sitio creció hasta convertirse en hospital y templo.
Las inundaciones, las reconstrucciones y las crisis religiosas marcaron la historia del recinto. A finales del siglo XVIII, incluso la Corona española intervino debido a la mala reputación de la orden antonina. Entre reformas, decadencia y transformaciones urbanas, el templo sobrevivió mientras la ciudad avanzaba a su alrededor.
Quizá por eso la leyenda del gato encontró terreno fértil allí. El antiguo templo parecía concentrar ecos de distintas épocas: restos del mundo indígena, misticismo colonial y temores populares que sobrevivían incluso después de la Independencia.
Hoy el Templo de San Antonio Abad permanece como un rincón poco conocido de la Ciudad de México, rodeado por avenidas, estaciones de metro y ruido urbano. Sin embargo, la historia del gato exorcizado sigue apareciendo entre relatos de fantasmas y leyendas del Centro Histórico.
Porque hay historias que nunca terminan de desaparecer. Solo esperan, silenciosas, a que alguien vuelva a contarlas.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.