Entre avenidas agitadas, estaciones del Metro y el ritmo incesante del Centro Histórico, el antiguo Templo de San Antonio Abad resiste como una pieza silenciosa de la memoria urbana de la Ciudad de México. Aunque hoy es una iglesia desafectada, durante siglos fue hospital, refugio espiritual y punto de referencia para quienes atravesaban el extremo sur de la capital novohispana. Su historia mezcla epidemias, inundaciones, órdenes religiosas y transformaciones urbanas que todavía laten entre sus muros.

Ubicado sobre la calzada que lleva su nombre, en la colonia Tránsito, el templo se levantó en una zona que antiguamente era considerada las afueras de la ciudad. En tiempos virreinales, el límite urbano terminaba en la acequia de San Antonio Abad, hoy identificada con la calle de Chimalpopoca. Resulta curioso que, pese a compartir nombre, la estación del Metro San Antonio Abad no sea la más cercana al inmueble; en realidad, la estación Pino Suárez queda a menor distancia.

Pero la historia del lugar comenzó mucho antes de la llegada de los españoles. De acuerdo con antiguos mapas de México-Tenochtitlán, en este sitio existió un teocalli dedicado a Toci, diosa mexica asociada con la medicina y la curación. El antiguo calpulli era conocido como Tocititlán y pertenecía al campan de Teopan. La conexión simbólica parece casi profética: siglos después, el lugar volvería a relacionarse con la atención a los enfermos.

De pequeña ermita a hospital novohispano

En 1530, Alonso Sánchez, uno de los primeros pobladores de la capital virreinal, solicitó un terreno para construir una ermita dedicada a San Antonio Abad. La primera construcción era apenas una capilla abierta custodiada por los franciscanos. Debido a sus reducidas dimensiones, comenzó a conocerse como “San Antonio Tepito”, un apodo que retrataba perfectamente su tamaño diminuto.

La historia cambió en 1562 con la llegada de los antoninos, una orden hospitalaria proveniente de Burgos, España. Los religiosos arribaron a la Nueva España con el objetivo de atender a personas afectadas por el llamado “mal de San Antón”, una enfermedad asociada al ergotismo que provocaba terribles dolores y lesiones. Junto a la ermita construyeron habitaciones y un hospital, convirtiendo el sitio en un importante centro de asistencia médica de la época.

Pocos años después, en 1575, el templo comenzó a ampliarse bajo la dirección del arquitecto Claudio Arciniega, uno de los nombres fundamentales de la arquitectura novohispana. Durante este periodo también pasó por el recinto el cronista indígena Domingo Francisco Chimalpahin Quauhtlehuanitzin, quien fue educado por los religiosos y adoptó el nombre de Domingo de San Antón.

Inundaciones, reconstrucciones y decadencia

La Ciudad de México colonial era una ciudad constantemente amenazada por el agua. La Inundación de la Ciudad de México de 1629 dañó severamente el templo, dejando la estructura prácticamente en ruinas. Ante el deterioro, el comendador Juan Domínguez Araoz impulsó la construcción de una nueva iglesia entre 1687 y 1694, incorporando un techo de artesonado que le dio una apariencia más monumental.

A lo largo del siglo XVIII, el recinto siguió transformándose. Se añadieron retablos, se elevaron los muros y se construyeron contrafuertes para evitar el hundimiento del edificio hacia el suroeste, un problema que desde entonces ya preocupaba a los habitantes de la capital. Como muchos edificios de la antigua ciudad lacustre, el templo parecía navegar lentamente sobre un suelo inestable, casi como un barco de cantera atrapado en el antiguo lago.

Sin embargo, los problemas internos de la orden antonina terminaron por precipitar su desaparición. La corona española consideraba que la congregación atravesaba una profunda crisis moral y disciplinaria. Finalmente, el rey Carlos III de España decretó la disolución de la orden, decisión aprobada por el papa Pío VI en 1787 y aplicada en México pocos años después.

Con ello, el hospital y el templo pasaron gradualmente a otras administraciones. Los últimos antoninos murieron en el siglo XIX y el antiguo hospital terminó bajo control del Ayuntamiento de México.

¿Quién fue San Antonio Abad?

La figura que dio nombre al templo es una de las más importantes del cristianismo antiguo. San Antonio Abad nació en Egipto entre los años 250 y 260 y es considerado uno de los padres del monacato. Según la tradición, abandonó todas sus posesiones después de escuchar un pasaje del Evangelio que invitaba a vender los bienes materiales y seguir una vida espiritual.

Pasó décadas viviendo en el desierto, retirado entre cuevas, ruinas y montañas cercanas al Mar Rojo. Su imagen terminó asociándose con la vida ascética, la protección de los animales y la curación de enfermedades. Por ello, durante siglos, el templo de San Antonio Abad en la Ciudad de México también estuvo relacionado con bendiciones y cuidados dirigidos a animales domésticos y de trabajo.

Un vestigio escondido entre el tránsito capitalino

Hoy, el antiguo templo permanece como uno de esos fragmentos del pasado que sobreviven casi ocultos entre avenidas, comercios y estaciones del Metro. Muchos capitalinos pasan frente a él sin imaginar que en ese punto alguna vez terminó la ciudad virreinal, existió un hospital colonial y convivieron tradiciones indígenas y religiosas que moldearon parte de la historia de la capital.

El Templo de San Antonio Abad no solo es un edificio antiguo. Es una especie de cápsula de piedra donde todavía resuenan ecos de la antigua Tenochtitlán, de las inundaciones coloniales y de una ciudad que nunca ha dejado de transformarse.