En el antiguo convento de Santa Catalina de Siena, ubicado en lo que hoy es República de Argentina 29, nació una de las devociones más extrañas y entrañables del Centro Histórico de la Ciudad de México. Ahí, entre pasillos de clausura, olor a cera derretida y rezos que parecían no terminar nunca, una imagen de Jesús Nazareno comenzó a acumular fama de milagrosa hasta convertirse en una presencia viva para las religiosas que habitaban el convento.

Pero la leyenda del llamado “Señor del Rebozo” no comenzó con un milagro espectacular ni con una aparición celestial. Comenzó con una mujer anciana, un mendigo empapado por la lluvia y una simple prenda de lana.

La historia gira alrededor de Sor Severa de Santo Domingo Gracida y Álvarez, monja dominica que pasó más de tres décadas rezando frente a una figura de Jesús Nazareno donada al convento en 1666 por el arzobispo Fray Marcos Ramírez. La religiosa contemplaba aquella imagen todos los días, convencida de que el rostro cansado de Cristo cambiaba según el dolor de quienes acudían a pedir consuelo.

Con el paso del tiempo, Sor Severa envejeció. La enfermedad le impidió seguir visitando el altar y terminó confinada en su celda, donde apenas podía levantarse. Sin embargo, seguía llamando al Nazareno como si hablara con alguien cercano, casi íntimo. Lo nombraba “mi Divino Esposo”.

Una noche de tormenta, mientras la lluvia golpeaba las paredes del convento como un puñado de piedras húmedas, tocaron suavemente la puerta de su habitación.

La anciana abrió con dificultad.

Del otro lado había un mendigo temblando de frío.

Sor Severa apenas tenía fuerzas, pero le ofreció pan, agua y el único abrigo que poseía: un rebozo de lana que usaba para cubrirse durante las noches heladas. Después de arropar al desconocido, volvió lentamente a su cama y murió mientras dormía.

A la mañana siguiente, las religiosas encontraron la celda impregnada de un olor intenso a rosas. Sor Severa yacía sin vida, serena, con las manos cruzadas sobre el pecho. Pero el rebozo había desaparecido.

Las monjas recorrieron el convento hasta llegar al altar del Nazareno.

Ahí estaba.

El Cristo aparecía cubierto con el mismo rebozo que Sor Severa había entregado al mendigo.

Desde entonces, la imagen comenzó a ser conocida como “El Señor del Rebozo”, y la devoción popular creció rápidamente entre habitantes de la ciudad, comerciantes, cargadores, enfermos y mujeres que acudían a dejar rebozos a los pies de la figura como agradecimiento por favores concedidos.

Con los años, la leyenda se volvió todavía más sobrenatural.

Se decía que durante una epidemia dentro del convento, el Nazareno apareció caminando entre las celdas para curar a las religiosas enfermas. También se contaba que cuando un manantial inundó el recinto, las monjas imploraron ayuda al Señor del Rebozo y el agua comenzó a descender misteriosamente. Más tarde, cuando la imagen fue trasladada al templo de Santo Domingo, el manantial terminó secándose por completo, como si la presencia del Nazareno hubiera abandonado el lugar.

La tradición popular asegura que quien rece treinta y tres credos frente a la imagen y haga tres peticiones recibirá al menos una gracia, siempre que sea justa y nazca de la fe verdadera. El número no es casual: representa los treinta y tres años de vida de Cristo.

Hasta hoy, durante el primer viernes de marzo, decenas de personas llegan al templo de Santo Domingo llevando rebozos, flores y promesas. Algunos buscan milagros; otrxs solo buscan consuelo. Y quizá eso es lo que mantiene viva esta historia en medio del ruido moderno del Centro Histórico.

Porque en una ciudad donde tantas leyendas hablan de fantasmas, condenas y apariciones oscuras, el Señor del Rebozo permanece como una figura distinta: un Cristo cansado que todavía se deja cubrir por actos pequeños de compasión humana.