En el Centro Histórico de la Ciudad de México, dentro del actual Palacio de Autonomía de la UNAM, nació uno de los proyectos científicos más extraños y fascinantes del siglo XX mexicano. Entre aparatos alemanes, descargas eléctricas, cronómetros y teorías sobre el alma, el doctor Enrique O. Aragón inauguró en 1916 el primer Laboratorio de Psicología Experimental de México, un espacio donde la mente humana dejó de ser únicamente territorio de filósofos y comenzó a estudiarse como si fuera un mecanismo de relojería.

El laboratorio abrió oficialmente el 27 de octubre de 1916 en la entonces Escuela Nacional de Altos Estudios de la Universidad Nacional de México. Sus instrumentos provenían de Leipzig, Alemania, adquiridos años antes con E. Zimmermann, fabricante que trabajaba para Wilhelm Wundt, considerado el padre de la psicología experimental moderna. Aquellos aparatos parecían más propios de un gabinete alquímico que de un aula universitaria: quimógrafos, generadores eléctricos, pletismógrafos y dispositivos capaces de medir tiempos de reacción con precisión milimétrica.

La idea detrás del laboratorio era revolucionaria para su época. Aragón y otros investigadores creían que los fenómenos psíquicos podían estudiarse científicamente y que, quizá, incluso sería posible demostrar la existencia del alma mediante mediciones físicas. La psicología todavía caminaba entre la filosofía, la medicina y el misterio. Por eso, algunos de los primeros reportes del laboratorio hoy parecen salidos de una novela fantástica.

Se aseguraba, por ejemplo, que las manos aumentaban de tamaño al escuchar una palabra nueva o que el cuerpo modificaba sus proporciones al cantar corridos de la Revolución Mexicana. También circulaba la teoría de que los fantasmas podían ser manifestaciones mentales provocadas por jóvenes con una actividad psíquica especialmente intensa. La frontera entre ciencia y parapsicología todavía era una neblina espesa.

El origen de estas ideas estaba profundamente ligado a la influencia europea. Wilhelm Wundt había fundado en Leipzig el primer laboratorio de psicología del mundo y proponía estudiar la “experiencia inmediata” mediante estímulos controlados y observación experimental. En México, Enrique O. Aragón retomó ese modelo gracias a la influencia de Ezequiel A. Chávez, considerado el primer psicólogo mexicano, quien desde finales del siglo XIX impulsó cursos de psicología experimental en la Escuela Nacional Preparatoria.

La historia del laboratorio también tiene algo de aventura universitaria. Los aparatos permanecieron años abandonados antes de llegar finalmente al Palacio de Autonomía. Los reportes del conserje de la Escuela Nacional de Altos Estudios narran cómo enormes cajas y dispositivos fueron trasladados por los pasillos del edificio en 1916. Algunos eran tan grandes que no cabían en los salones y hubo que improvisar espacios. Incluso se registró un cortocircuito mientras Aragón instalaba el equipo, probablemente provocado por los transformadores eléctricos que utilizaban las máquinas.

El 21 de junio de 1916 los aparatos quedaron finalmente instalados y el laboratorio comenzó a operar formalmente. Por primera vez en México, los estudiantes podían observar demostraciones científicas relacionadas con la percepción, los sentidos y las reacciones humanas. Lo que hoy parece cotidiano entonces era casi un acto de magia moderna: medir el pensamiento con instrumentos.

Aunque muchas de las hipótesis iniciales fueron descartadas con el paso de los años, el laboratorio marcó el nacimiento de la psicología científica en México. Aragón abandonó eventualmente las teorías relacionadas con fantasmas y alteraciones corporales inexplicables, pero aquellas investigaciones dejaron una huella curiosa: fueron uno de los primeros acercamientos mexicanos a lo que después se llamaría parapsicología.

Hoy, el Palacio de Autonomía guarda silencio sobre aquellos experimentos que mezclaban ciencia, intuición y obsesión por descifrar la mente humana. Sin embargo, entre sus muros todavía sobrevive la memoria de una época en la que algunos científicos creían que el alma podía aparecer registrada en una máquina.