En el Centro Histórico de la Ciudad de México, entre muros virreinales y pasillos silenciosos, existe una figura monumental que parece observarlo todo. Inmóvil en el patio del Museo José Luis Cuevas, La Giganta domina el antiguo Convento de Santa Inés con una presencia tan poderosa que muchxs visitantes aseguran sentir una extraña incomodidad al mirarla demasiado tiempo. No es sólo por su tamaño. Tampoco por su gesto severo. La inquietud nace de otro detalle: un rostro espectral oculto en una de sus rodillas.
La historia comenzó en 1992, cuando el artista José Luis Cuevas inauguró el museo que llevaría su nombre. La enorme escultura de bronce, de más de ocho toneladas, se convirtió de inmediato en el emblema del recinto. Pero durante aquellos primeros días, mientras la pieza era observada por periodistas, trabajadores y curiosxs, Cuevas aseguró haber descubierto algo inesperado en la superficie de la obra. Entre las formas y texturas del metal apareció una silueta difusa, semejante al rostro de un fantasma.
El artista nunca negó la extraña aparición. Al contrario. Con el tiempo comenzó a alimentar la leyenda. Decía que aquella imagen podía pertenecer a una monja del antiguo convento o quizá al espíritu de alguno de los pintores barrocos enterrados en ese lugar siglos atrás. Y es que antes de convertirse en museo, ese edificio fue el Convento de Santa Inés, fundado en el siglo XVII, un espacio marcado por la vida religiosa, el encierro y la muerte.
Ahí descansaron durante años dos grandes nombres de la pintura novohispana: Miguel Cabrera y José de Ibarra. Sus restos estuvieron vinculados al recinto y la idea de que sus espíritus aún recorrieran el lugar parecía encajar perfectamente con el universo oscuro y fantástico de José Luis Cuevas, un artista fascinado por los personajes deformes, los delirios humanos y los rincones incómodos de la mente.
La leyenda comenzó a crecer casi de inmediato. Algunxs trabajadores del museo afirmaban que, al caer la tarde, la sombra de La Giganta parecía moverse más allá de la luz natural del patio. Otrxs decían haber escuchado pasos en las antiguas galerías cuando el recinto ya estaba vacío. También hubo visitantes que aseguraron distinguir claramente un rostro femenino en la rodilla de la escultura, especialmente durante los días lluviosos o bajo ciertas sombras de la tarde.
El misterio se volvió parte inseparable del museo. Para muchxs, el supuesto fantasma es apenas un efecto visual creado por las formas irregulares del bronce. Para otrxs, el antiguo convento jamás abandonó del todo a sus habitantes y algo de aquella memoria quedó atrapada dentro de la escultura.
José Luis Cuevas parecía disfrutar esa incertidumbre. Hacia el final de su vida, le agradaba que relacionaran el rostro espectral con una monja perdida o con el alma errante de algún pintor barroco. La historia terminó fundiéndose con la identidad del recinto, como si arte y fantasmas compartieran el mismo espacio entre columnas, patios y sombras.
Hoy, quienes visitan el Museo José Luis Cuevas suelen detenerse frente a La Giganta buscando esa aparición. Algunxs no encuentran nada. Otrxs aseguran verla de inmediato. El rostro aparece y desaparece según la luz, el ángulo o quizá el ánimo de quien observa. Como ocurre con todas las buenas leyendas de la Ciudad de México, nadie puede comprobarla del todo, pero tampoco desmentirla por completo.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.