Cada día, miles de personas atraviesan la estación Pino Suárez del Metro de la Ciudad de México. Es uno de los transbordos más concurridos de la red y, durante las horas pico, los andenes parecen un río interminable de pasajerxs que apenas tienen tiempo de mirar a quienes los rodean.

Pero cuando la noche avanza y los últimos trenes comienzan a recorrer la Línea 2, algunxs aseguran que entre lxs pocxs viajerxs aparece un pasajero muy distinto a los demás. Un hombre que parece venir de otra época.

Los testimonios lo describen casi siempre de la misma forma. Es alto, delgado y viste una larga gabardina gris que le llega hasta las pantorrillas. Lleva un sombrero de ala corta o un viejo sombrero de fieltro, dependiendo de quién lo cuente, y mantiene el rostro oculto bajo la sombra del ala. Nunca habla con nadie. Nunca utiliza el teléfono. Nunca parece tener prisa.

Simplemente espera.

Y cuando el tren llega al andén, sube en silencio. Lo extraño comienza después.

Quienes aseguran haber coincidido con él recuerdan que permanece inmóvil durante todo el trayecto. No se sujeta de los tubos, no cambia de lugar y casi nunca levanta la mirada del piso. Da la impresión de ser un pasajero más, aunque hay algo en él que resulta profundamente incómodo.

Algunxs dicen que es el frío que parece rodearlo. Otrxs aseguran que jamás proyecta un reflejo claro en las ventanas del vagón. Pero todxs coinciden en un mismo detalle.

Nadie lo ha visto bajar del tren.

La historia se repite una y otra vez.

El hombre aborda en Pino Suárez cuando la estación está casi vacía. El tren continúa su recorrido y lxs pasajerxs comienzan a descender en las siguientes estaciones. Al llegar al final de la línea, quienes recuerdan haber viajado junto a él descubren algo imposible.

La gabardina gris ya no está.

No lo vieron moverse.

No pasó junto a ellxs.

No salió por ninguna puerta.

Simplemente… desapareció.

Como si el vagón lo hubiera devorado durante el trayecto.

Con los años comenzaron a surgir distintas teorías sobre su identidad.

La más conocida cuenta que fue un empleado del antiguo Sistema de Transporte Colectivo que perdió la vida mientras realizaba labores de mantenimiento en uno de los túneles cercanos a Pino Suárez durante las primeras décadas de operación del Metro. Desde entonces, su espíritu continuaría abordando el último tren de cada noche, incapaz de abandonar el recorrido que realizó cientos de veces en vida.

Otra versión afirma que se trata de un pasajero que sufrió un infarto durante un viaje nocturno y cuyo cuerpo permaneció varios minutos dentro de un vagón sin que nadie lo notara, confundido entre lxs usuarixs que dormían o viajaban en silencio.

Sin embargo, existe una historia mucho más inquietante.

Los trabajadores más antiguos cuentan que aquel hombre jamás tuvo un destino.

Dicen que sube al tren porque está buscando algo. O a alguien. Por eso nunca desciende. Porque el recorrido aún no termina para él.

Algunxs conductorxs aseguran haber visto su figura a través de los espejos de vigilancia justo antes de cerrar las puertas.

Otrxs cuentan que, cuando revisan las cámaras del convoy al finalizar el servicio, descubren que en ciertas grabaciones el hombre aparece sentado completamente solo en un vagón vacío.

Hay ocasiones en que la imagen desaparece cuadro por cuadro.

Como si nunca hubiera estado ahí.

También existen relatos de pasajerxs que aseguran haber ocupado el asiento que él acababa de abandonar.

Todxs describen exactamente la misma sensación. El asiento estaba helado. Mucho más frío que el resto del vagón.

Quizá todo sea una leyenda nacida entre los millones de historias que recorren el Metro de la Ciudad de México.

Después de todo, pocas personas prestan atención a los rostros de quienes viajan junto a ellas durante la noche.

Pero hay un consejo que algunxs trabajadorxs todavía repiten a quienes toman el último tren en Pino Suárez.

Si ves a un hombre con una vieja gabardina gris esperando inmóvil en el andén, no te preocupes.

Déjalo subir primero.

Y, durante el trayecto, procura no perderlo de vista.

Porque si en algún momento apartas la mirada y, al volver a buscarlo, descubres que desapareció sin que las puertas se hayan abierto…

tal vez acabas de compartir el vagón con el pasajero que lleva décadas viajando en el Metro sin encontrar jamás su estación.