No todas las historias de terror de la Ciudad de México hablan de fantasmas o apariciones. Algunas ocurrieron realmente y fueron tan perturbadoras que, con el paso de los años, terminaron convirtiéndose en una especie de leyenda urbana. Una de ellas nació en la colonia Escandón durante los últimos meses de 1986 y tuvo un protagonista tan aterrador que lxs primerxs vecinxs que lo vieron caminar por la calle pensaron que estaban frente a un muerto viviente.

La historia volvió a conocerse muchos años después gracias al periodista J. Jesús Lemus. Mientras investigaba los presuntos vínculos entre personajes cercanos al entonces presidente Felipe Calderón y la organización criminal La Familia Michoacana, Lemus fue detenido y acusado de ser uno de los líderes de ese grupo delictivo. Él siempre sostuvo que las acusaciones eran falsas y que se trataba de una represalia por su trabajo periodístico. Tras recuperar su libertad, relató parte de su experiencia en prisión y contó que, durante su estancia en el penal de Puente Grande, conoció a un hombre reservado que pasaba buena parte del tiempo escribiendo pequeños poemas a los que llamaba confetis.

Aquel hombre se llamaba Jesús Martínez Soto.

Con el paso de los días comenzaron a conversar y, cuando la confianza fue suficiente, Martínez Soto decidió contarle la historia que lo había convertido en uno de los asesinos más recordados y, al mismo tiempo, más olvidados de la Ciudad de México: la historia del llamado Caníbal de la Escandón.

Todo comenzó la mañana del 28 de diciembre de 1986, Día de los Santos Inocentes. Desde muy temprano la policía recibió varias llamadas de vecinxs de la colonia Escandón que aseguraban haber visto a un hombre con aspecto de zombie caminando por las calles. Los operadores pensaron que se trataba de una broma propia de la fecha, pero las llamadas continuaban llegando y todas describían exactamente a la misma persona.

Finalmente, dos policías que viajaban a bordo de la patrulla MX-119-N9 fueron enviados a investigar. Encontraron al sujeto en la esquina de Mutualismo y Agrarismo. Caminaba lentamente, arrastrando el pie derecho, estaba extremadamente delgado y apenas podía sostenerse en pie. Su ropa era poco más que harapos, la mirada permanecía perdida y de su cuerpo salía un olor penetrante que obligaba a mantener distancia.

Lo más extraño era que el hombre permanecía frente a una vivienda como si intentara llamar la atención de quienes vivían ahí.

Los oficiales se acercaron para preguntarle qué hacía en ese lugar. La respuesta los dejó completamente desconcertados.

Con absoluta calma, el hombre les dijo que llevaba más de setenta días alimentándose de los restos de su novia y de su suegra, a quienes había asesinado dentro de aquella casa.

Los policías pensaron que estaba delirando. Sin embargo, al ingresar al domicilio descubrieron una escena que confirmaba cada una de sus palabras. En el interior encontraron restos humanos, muebles cubiertos por hollín y señales de que alguien había permanecido encerrado durante semanas.

El hombre fue identificado como Jesús Martínez Soto, empleado de Teléfonos de México.

Su historia era todavía más escalofriante que la escena que acababan de descubrir.

Martínez Soto mantenía una relación marcada por los celos y la violencia con su novia, Lorena. Era un hombre posesivo que constantemente imaginaba que ella lo engañaba. En una ocasión incluso la golpeó con tal brutalidad que la envió al hospital. La madre de la joven, Consuelo Miranda, siempre se opuso a la relación, aunque nunca presentó una denuncia formal.

Finalmente, Lorena decidió terminar con él y regresar a vivir con su madre.

Jesús nunca aceptó la separación.

Consumido por los celos, una tarde de octubre de 1986 caminó hasta la casa donde ambas vivían. Entró por la fuerza y atacó primero a Lorena. Después asesinó a Consuelo. Al darse cuenta de la gravedad de lo que había hecho decidió permanecer oculto dentro de la vivienda, convencido de que salir sería entregarse inmediatamente a la policía.

Durante los primeros días sobrevivió con la comida que encontró en la cocina. Pero cuando las provisiones se terminaron, el hambre comenzó a convertirse en una obsesión. Según declaró más tarde, primero bebió la sangre de los cuerpos y después comenzó a alimentarse de ellos para mantenerse con vida.

Así sobrevivió durante más de dos meses.

Cada noche encendía una pequeña fogata en la sala donde permanecían los cadáveres con la intención de disimular el olor de la descomposición. Creía que el humo evitaría que lxs vecinxs sospecharan lo que ocurría dentro de la casa, mientras él continuaba viviendo entre los restos de sus víctimas.

Conforme pasaban los días, su cuerpo comenzó a deteriorarse. Perdió peso de forma alarmante, apenas podía caminar y su aspecto era cada vez más parecido al de un cadáver.

Finalmente comprendió que no podía seguir escondido.

Su idea era sencilla: salir a la calle y entregarse a la primera persona que encontrara.

Pero nadie entendió sus intenciones.

Lxs vecinxs únicamente vieron a un hombre demacrado, cubierto de suciedad, caminando lentamente con la mirada perdida. Convencidos de que estaban frente a algo imposible, llamaron a la policía para denunciar que un zombie recorría las calles de la colonia Escandón.

Aquellas llamadas terminaron revelando uno de los crímenes más perturbadores registrados en la historia de la Ciudad de México.

El caso ocupó durante algunos días las portadas de los periódicos y después fue desapareciendo poco a poco de la memoria colectiva. Décadas más tarde, la confesión que Jesús Martínez Soto hizo a J. Jesús Lemus en prisión permitió reconstruir una historia que parecía condenada al olvido.

Hoy la colonia Escandón continúa con su vida cotidiana. Los edificios han cambiado, las calles lucen distintas y pocos imaginan que, detrás de una de sus fachadas, ocurrió uno de los episodios criminales más estremecedores de la capital.

Porque, a veces, las historias más aterradoras no necesitan fantasmas.

Solo basta recordar que una mañana del 28 de diciembre de 1986 la policía salió a investigar la supuesta aparición de un zombie… y terminó encontrando a un hombre que había sobrevivido durante más de setenta días alimentándose de las personas que él mismo había asesinado.