El regreso de Deftones a la Ciudad de México no fue solo otro concierto en la agenda. Fue una especie de ritual eléctrico donde pasado y presente chocaron con la misma intensidad. En el Palacio de los Deportes, la banda cerró su gira por Latinoamérica recordando por qué su sonido sigue siendo un refugio para varias generaciones.
A 25 años de White Pony, el disco que redefinió su carrera, la agrupación volvió a encontrarse con un público que ha crecido junto a sus canciones. Lo que alguna vez fue un concierto para unos cuantos, hoy se transforma en un recinto lleno, donde conviven quienes estuvieron desde el inicio y quienes llegaron después, atraídos por un catálogo que no ha perdido filo.
Desde antes de que iniciara el show, el ambiente ya anticipaba lo que vendría. Afuera, la liturgia no oficial del concierto tomaba forma entre camisetas, reencuentros y la expectativa de quienes sabían que no sería una noche cualquiera. Adentro, la energía subió de golpe cuando la banda apareció en escena, marcando el arranque con una selección que remitía directamente a la era de White Pony.
Canciones como “Be Quiet and Drive” y “Digital Bath” activaron una memoria colectiva que se sintió casi física. La voz de Chino Moreno se mantuvo firme, como si el tiempo hubiera decidido hacer una pausa selectiva solo para él. Entre luces, distorsión y una ejecución precisa, el concierto avanzó como una ola que no pierde fuerza.
El setlist equilibró nostalgia y potencia, con momentos de catarsis total en temas como “My Own Summer” y “Change”, donde el público respondió con una intensidad que convirtió el recinto en un coro masivo. No importaba si estabas en pista o en gradas: la experiencia era compartida, casi ritual.
Más allá del repertorio, lo que quedó claro es que Deftones sigue operando en un territorio propio, donde la melancolía y la agresividad conviven sin estorbarse. Su música no envejece, muta. Y en ese proceso, encuentra nuevas formas de conectar.
El concierto en el Palacio de los Deportes no solo marcó el cierre de una gira, sino también la confirmación de una vigencia que no depende de la nostalgia. A un cuarto de siglo de White Pony, la banda demuestra que su historia no es un recuerdo congelado, sino una corriente que sigue avanzando.
Y aunque el show terminó, la sensación fue la de una conversación inconclusa. Como si la ciudad ya estuviera esperando la próxima visita.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.