Las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México guardan historias que se resisten a desaparecer.
Entre edificios coloniales, callejones centenarios y plazas que han visto pasar siglos de vida y tragedia, existe una leyenda que todavía provoca escalofríos a quienes caminan por Donceles o Santo Domingo después del anochecer.
La leyenda de Casilda la Incendiaria.
Pocxs recuerdan que, mucho antes de convertirse en un fantasma, Casilda Baena fue una joven admirada por su talento.
Nacida en una familia acomodada durante el siglo XVI, creció rodeada de libros. Mientras otrxs niñxs corrían por los patios y mercados de la ciudad, ella prefería perderse entre historias de caballeros, piratas, reyes y héroes trágicos.
Leía sin descanso. Leía durante el día. Leía durante la noche. Leía hasta que las fronteras entre la realidad y la ficción comenzaron a desdibujarse.
Con el tiempo, Casilda dejó de conformarse con imaginar las historias. Quiso vivirlas.
Si leía sobre marineros, hablaba como uno de ellos. Si encontraba una tragedia griega, caminaba por la ciudad como si estuviera condenada por los dioses.
Y cuando descubrió el teatro, sintió que había encontrado su verdadero destino.
Sus padres apoyaron su vocación y la inscribieron en el Coliseo de la Ciudad de México.
Sobre el escenario brilló de inmediato.
El público la adoraba.
Los directores buscaban incluirla en nuevas producciones.
Su nombre comenzó a circular entre los círculos teatrales de la época.
Pero algo no estaba bien.
Algunos compañeros aseguraban que, al terminar las funciones, Casilda seguía comportándose como los personajes que interpretaba.
Otrxs decían que hablaba sola en los camerinos. Que discutía con personas invisibles. Que respondía preguntas que nadie había formulado.
Nadie imaginó hasta dónde llegaría aquello. La noche que cambió su vida comenzó como cualquier otra representación.
El teatro estaba lleno.
Las velas iluminaban el escenario.
Los actores esperaban su turno para salir a escena.
Entonces Casilda apareció.
Tenía el cabello desordenado. La mirada vacía. Y una expresión que ninguno de los presentes olvidaría jamás.
Sin previo aviso comenzó a caminar por el escenario mientras recitaba una frase que parecía surgir de otra realidad:
“Amor es llama divina, que me ha robado el sosiego, porque todo lo que es fuego, me subyuga y me domina.”
Momentos después tomó una antorcha.
Y encendió las cortinas.
Luego la escenografía.
Después los vestuarios.
El fuego se extendió con una rapidez aterradora.
Los espectadores huyeron despavoridos mientras las llamas devoraban el recinto.
Pero Casilda no intentó escapar.
Permaneció observando el incendio con una extraña fascinación.
Como si contemplara la escena final de una obra escrita exclusivamente para ella.
La tragedia no terminó ahí.
Según la leyenda, aquella misma noche escapó hacia las calles de la ciudad y siguió incendiando todo aquello que encontraba a su paso.
Cuando finalmente fue detenida, las autoridades concluyeron que había perdido completamente la razón.
Fue internada en el Hospital del Divino Salvador para Mujeres Dementes, ubicado en la actual calle de Donceles.
Ahí pasó el resto de su vida.
Y ahí murió.
O al menos eso dicen los registros.
Porque la leyenda asegura otra cosa.
Cuenta que poco antes de fallecer, Casilda comenzó a hablar con los personajes que habían habitado su mente durante toda su vida.
Piratas.
Princesas.
Mendigos.
Bufones.
Actores.
Villanos.
Todos ellos parecían reunirse alrededor de su cama para acompañarla en sus últimos momentos.
Y cuando llegó la muerte, ninguno quiso abandonarla.
Desde entonces, numerosos testigxs afirman haber visto a Casilda vagando por el Centro Histórico.
Aunque casi nunca con el mismo aspecto.
A veces aparece como una anciana que vende flores.
Otras como una organillera.
En ocasiones como una actriz callejera que recita fragmentos de obras antiguas frente a los transeúntes.
Pero quienes la observan con atención descubren algo inquietante.
Sus ojos parecen contener reflejos de fuego.
Y cuando desaparece, suele quedar un leve olor a humo en el aire.
Lxs comerciantes de Donceles cuentan que durante algunas madrugadas puede verse una mujer caminando sola entre las sombras.
Sus pasos son lentos.
Su ropa parece pertenecer a otra época.
Y mientras avanza, se escuchan fragmentos de diálogos teatrales pronunciados por distintas voces al mismo tiempo.
Como si decenas de personajes hablaran desde un solo cuerpo.
Algunos creen que Casilda continúa buscando el escenario perfecto para representar su última función.
Otros aseguran que está condenada a interpretar eternamente todos los personajes que alguna vez amó.
Pero hay una teoría aún más perturbadora.
Dicen que las personas que la encuentran comienzan a obsesionarse con alguna historia.
Un libro.
Una obra.
Una película.
Un personaje.
Y que poco a poco la ficción empieza a ocupar el lugar de la realidad.
Exactamente como le ocurrió a ella.
Por eso, cuando recorras las calles del Centro Histórico durante la noche y veas a una extraña artista callejera observándote desde la distancia, procura no sostenerle la mirada demasiado tiempo.
Porque podría tratarse de Casilda.
Y si ella te elige para formar parte de su historia…
Tal vez nunca vuelvas a salir del escenario.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.