En las salas de Cinemex de Plaza Insurgentes 216 hay algo que no aparece en cartelera… pero siempre está en función.
No importa si es una comedia ligera, una película de terror o una matiné casi vacía. Tampoco importa si es lunes por la tarde o sábado en la noche. Hay quienes aseguran que, en algún momento de la función, algo se mueve… aunque nadie lo haya visto ni tocado.
Un asiento que se sacude suavemente.
Un refresco que cae sin explicación.
Un bote de palomitas que termina en el suelo como si alguien invisible hubiera decidido arruinar la escena.
Al principio, muchxs lo toman como coincidencias. Un descuido, un mal movimiento, el clásico “seguro fui yo”. Pero cuando ocurre más de una vez… cuando pasa en salas distintas… cuando alguien siente claramente que algo lo empuja desde atrás… la experiencia deja de ser casual.
Entonces aparece el nombre que corre entre susurros: La Presencia del Cine.
Cuando la pantalla también falla
Hay noches en que la entidad no se conforma con molestar a las y los asistentes.
Proyeccionistas y trabajadorxs cuentan que, especialmente durante funciones nocturnas y con luna llena, las películas comienzan a fallar sin razón aparente. La imagen se distorsiona, el audio se corta, la pantalla parpadea como si algo la atravesara desde dentro.
No es un error técnico, dicen.
Es como si alguien quisiera intervenir la función.
Como si la sala ya no le perteneciera al público.
Después de la última función
Pero es cuando el cine queda vacío… cuando realmente empieza la función que nadie quiere ver.
Trabajadorxs que han cerrado el complejo aseguran que, tras la última proyección, el ambiente cambia. El aire se enfría de golpe. El silencio pesa. Y entonces ocurre.
De pronto, todos los asientos se sacuden al mismo tiempo, como si una fuerza invisible recorriera la sala de un extremo a otro. Los botes de basura caen, esparciendo restos de funciones pasadas. Las puertas vibran.
Y así como comienza… termina.
En segundos.
Como un berrinche.
Como un capricho.
Como si algo solo quisiera recordar que sigue ahí.
Dos teorías, una misma sombra
Nadie sabe con certeza qué originó esta presencia. Pero hay dos historias que se repiten entre quienes trabajan ahí.
La primera habla de un empleado. Uno de los primeros. Dicen que, cuando el cine recién abría, el hombre entró a una de las salas vacías. Subió hasta la última fila. Y ahí, en la oscuridad, tomó una gran cantidad de pastillas.
Murió en silencio.
Nadie lo notó hasta el día siguiente.
La historia nunca se hizo pública, pero quienes creen en ella aseguran que su espíritu nunca se fue. Que sigue ocupando su lugar en la última fila… observando funciones que ya no le pertenecen.
La segunda teoría es más inquietante.
Cuenta que, durante los primeros días del cine, un grupo de empleadoxs decidió jugar con una ouija dentro de una de las salas. Lo que comenzó como curiosidad terminó en miedo. Algo respondió. Algo que no esperaban.
Salieron corriendo.
Nunca cerraron la sesión.
Y lo que sea que cruzó… se quedó.
Una función interminable
Hoy, quienes han vivido algo extraño en esas salas coinciden en algo: no es una presencia agresiva… pero tampoco es inofensiva.
Juega. Interfiere. Observa.
Como un espectador eterno atrapado entre butacas y sombras, esperando la siguiente función para hacerse notar.
Porque en Plaza Insurgentes 216, hay algo que nunca abandona la sala.
Y cuando las luces se apagan…
es cuando mejor se siente.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.